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Incertidumbre

Martholl. A estejoven que, la víspera, durante la comida, apenas
había notado, porque lehabía parecido un mundano cualquiera,
¡con qué ojo investigador no loobservaba ahora!
Juan comprobó, con profundo disgusto, que Huberto Martholl
seprecipitaba tras de María Teresa, y se instalaba al lado de ella
en elbreak; la joven lo recibió con una sonrisa. ¡Oh! cuánto
habría dado Juanpor oír las palabras que cambiaban...
De la encantadora campiña normanda, el pobre joven no vio
nada; toda suatención era atraída por las voces alegres y las risas
que salían delotro carruaje; además, estaba atormentado por lo
que podía hablar elfeliz Martholl, inclinándose con tanta
frecuencia hacia María Teresa.
Llegados a Saint Jouin, la juventud invadió el jardín a la
francesa dela célebre hotelera, mientras que la gente más seria, o
más hambrienta,se preocupaba del almuerzo.
Sus inquietudes se calmaron en breve a la vista de una
cocinanotablemente organizada, de la que salían olores
incitantes, y todo elmundo se instaló en el jardín, bajo una carpa,
alrededor de una largamesa ya preparada.
Antes de tomar asiento, Juan observó que los demás jóvenes
hacíanprodigios de destreza para ocupar sitio al lado de la que
lesinteresaba. Resignado a su mala suerte, se colocó enfrente de
MaríaTeresa, queriendo, por lo menos, verla, ya que no osaba
acercársele.Huberto Martholl estaba a su lado, aquel Huberto
que ella «prefiere,porque baila admirablemente el boston,»
pensaba siempre Juan, acosadopor la frase oída.
Aislándose de sus vecinos, para absorberse en sus tristes
pensamientos,que le demacraban el semblante y le endurecían la
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