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Incertidumbre

dado las doce enel campanario de la iglesia. Los curiosos de la
aldea se han alejado,satisfechos de haber admirado algunas
elegantes toilettes, y contempladola suntuosa decoración del
vestíbulo, de columnas enguirnaldadas, conflores y luces
eléctricas. Todo es allí alegría, calor y perfume. Sinembargo, no
lejos de la fachada de la vasta mansión, que da sobre elMarne,
un joven se pasea a lo largo, en actitud meditabunda y de
unamanera nerviosa. Ni las armonías de la orquesta del baile
que dan losAubry de Chanzelles, en honor de los veinte años de
su hija MaríaTeresa, ni el bullicio de las voces juveniles, que
llegan hasta elpaseante solitario, por las grandes ventanas
abiertas de los salones,lo distraen de su melancolía. Las
fragantes flores del jardín exhalan envano sus perfumes
penetrantes: permanece insensible a las bellezasmisteriosas de la
noche, tan absorto está en sus pensamientos. Así esque, grande
es su sobresalto, cuando un amigo, a quien no ha
sentidoaproximarse, exclama, golpeándole familiarmente en la
espalda:
—¡Y bien, Juan! ¿Por qué nos has dejado hace más de una
hora?
—Para tomar aire.
—¿No te bastan las ventanas abiertas?
—No.
—¿Prefieres la compañía de las tinieblas a la de las jóvenes
que hanvenido a festejar a mi hermana?
—Desde aquí veo desfilar sus elegantes siluetas, tan bien
como en elsalón.
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