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Incertidumbre

Somnoliento todavía, abrió los ojos, miró a su alrededor, y
experimentóuna sensación de vivo placer al contemplar las
cosas confortables yelegantes que lo rodeaban.
—¿No soy feliz así?—pensaba.—¡Casarme, para llevar una
existenciaagradable, exenta de preocupaciones pecuniarias,
pase! Pero ir aencerrarme en un pequeño departamento, ser mal
servido por un personalreducido ¿cómo resignarme, a menos de
estar loco?
Y, como Huberto era razonable, se absorbió en meditaciones
paraencontrar el medio de esquivarse.
En aquel piso bajo, amueblado en un estilo inglés muy puro,
época de laReina Ana, la vida interior se desarrollaba según las
reglas de unreglamento severo, completamente británico.
Huberto fue interrumpido ensus reflexiones por la entrada de un
criado, inglés, como los muebles,que le traía el té y el correo.
El joven echó sobre su correo una mirada distraída, pero
habiendo notadoentre las cartas y los diarios un amplio sobre
sellado con lacre blanco,hizo un gesto de inquietud.
—¡Una carta de María Teresa!—murmuró sorprendido.—
¿Qué me escribirá?¿Estará inquieta por mi ausencia? ¡diantre!
esto no concuerda con miproyecto de concluir.
Rompió el sobre y leyó:
«Voy a decirle adiós, Huberto, y espero que su pesar no será
grande. Noquiero abusar de su buena fe; he dejado de ser la
María Teresa de quienusted gustó, hace un año. Los
acontecimientos de este último tiempo hanaclarado mi
inteligencia y me han hecho ver que nuestros gustos son
tancontrarios, nuestro modo de pensar tan opuesto, que es mejor
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