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Incertidumbre

—Ahora, tengo que pedirles algo, a ti, madre, y a ti, Jaime;
prométanmeguardar secretas para mi padre, para todo el mundo,
para Juan,principalmente, las resoluciones que he tomado.
Quiero que la calmavuelva a nuestros espíritus antes de
comenzar una vida nueva.
Después de haber obtenido la promesa que exigía, la joven
subióalegremente a su cuarto, y escribió en seguida a Martholl.
XIX
De regreso de Londres, la víspera, Martholl se despertó de
muy malhumor. Lo primero que se presentó a su espíritu fue el
pesar de haberperdido una fuerte suma de dinero en las carreras
de Ascot, donde habíavisto desaparecer sus esperanzas con el
caballo que las llevaba.
Huberto no era jugador liberal; hombre de orden, adorador del
dinero,detestaba el perder. Había jugado en Ascot por espíritu
de imitación,para no ser menos que los amigos que lo rodeaban;
pero como la pérdidaque había sufrido iba a desequilibrar su
presupuesto durante algúntiempo, su disgusto era profundo. La
escasez de dinero que lo amenazaba,lo hizo pensar en la
desagradable vida que pasaría si, en el curso de suexistencia, se
viese obligado a imaginar sin cesar combinacionesfinancieras, a
fin de vivir decentemente. ¡Gran Dios! qué dificultadestendría,
si no se casaba con una mujer rica.
—María Teresa es encantadora—se decía,—pero cuanto más
reflexiono,más me convenzo de que sería una locura casarme
con ella en lascircunstancias actuales.
 
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