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Incertidumbre

iniciásemosnosotros. No está mal imaginado. ¿No piensas lo
mismo, María Teresa?
Gravemente, la joven dijo:
—Yo pienso que de todos los servicios que Juan nos ha hecho,
el másmeritorio es el de haberme hecho comprender lo que
constituye lagrandeza del alma. ¡Cuánto habría sufrido yo,
siendo la mujer deMartholl, al descubrir poco a poco la
naturaleza ligera de ese serexclusivamente egoísta!
—Querida hermana, Juan nos ha librado de peores desastres:
la quiebra yla muerte de nuestro padre, porque papá habría
muerto. Gracias a unanueva invención, Juan levanta nuestra
casa, restablece nuestro crédito ynos salva de terribles
desgracias.
—La Providencia, hijos míos, nos devuelve centuplicado lo
que hemoshecho por ese huérfano—dijo la señora Aubry, con
voz conmovida.—¡Quesea bendito!
Un enternecimiento súbito o intenso de gratitud y cariño hacia
Juan losinvadía.
—¡Qué dicha, poder hacerlo feliz a mi vez! La idea de mi
propiafelicidad se aumenta al pensar en el amor que me tiene.
Madre, ¡sisupieras cuánto me quiere!
—Pero ¿qué vamos a hacer ahora? Tú, parece olvidas que eres
la novia deHuberto Martholl, hija mía...
—¿Quieres dejarme escribirle? Tomaré sencillamente, la
iniciativa de laruptura; no podrá menos de quedar agradecido.
—Haz como quieras, querida mía, tengo confianza en la
bondad de tucorazón y en la rectitud de tu espíritu.
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