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Incertidumbre

como el chico erainteligente y activo, se granjeó rápidamente la
amistad de todos.
Un día, sin embargo, sucedió que un obrero le dio algunos
golpes. Elestado de ebriedad en que se hallaba no le valió de
excusa ante el señorAubry, que lo despidió. Desde ese día, el
sentimiento de Juan hacia suprotector se convirtió en verdadera
idolatría.
Los actos justos conmueven infinitamente a los niños. Por
segunda vez,el señor Aubry hería el corazón de su protegido.
Entretanto el señor Aubry se encariñaba cada vez más con
aquel huérfanoque le manifestaba tan candorosamente su afecto,
siempre que se leofrecía la ocasión. Pero precisamente porque el
señor Aubry comenzaba ainteresarse seriamente por el niño,
quería formarlo, como había sidoformado él mismo, en la
escuela austera de la labor ruda. Lo hizo pasarpor todos los
ramos de la industria cristalera; al propio tiempo lo pusoen
condiciones de completar su instrucción, a fin de que se
convirtieraen un químico bastante práctico para auxiliarlo en sus
experimentos, asícomo también en un dibujante bastante hábil
para crear formasoriginales. Le procuró maestros, le suministró
libros y le facilitótodos los medios de instruirse. Juan se
mostraba dócil, aprovechaba laslecciones, los consejos, y ponía
tanto celo en sus estudios como en eltrabajo de operario.
La fábrica fue bien pronto la única ocupación personal de
Juan: no laabandonaba sino para concurrir a los cursos de la
noche. Se deleitaba enella; la escudriñaba, la recorría en todos
sentidos, cuando, terminadoel trabajo, y marchados los obreros,
se quedaba solo entregado a símismo. Nadie conoció tan bien
como el pequeño operario los pasajessecretos ni los rincones del
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