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Incertidumbre

Generalmente era Juan quien velaba al señor Aubry. Este, por
lo demás,lo llamaba sin cesar, para hablarle de los asuntos de la
cristalería.Algunas veces el joven conseguía calmar sus
inquietudes, pero otras ledaba trabajo, sobre todo cuando se
imponía la necesidad de obtener unafirma.
Entonces el señor Aubry salía de su sombrío abatimiento para
caer en unaespecie de fiebre exasperada. Tenía a Juan de pie
delante de la camadurante horas enteras, lo interrogaba, y
frecuentemente toda la nochetranscurría en discusiones
interminables. La paciencia del joven erainagotable y pasaba,
sin lamentarse, de la labor del día a la fatiga delas noches.
María Teresa se habituaba también a confiar en su presencia.
Cuandosonaba la hora de la llegada de Juan, acechaba sus pasos
en la escalera.Al principio lo hacía maquinalmente, ansiosa de
ver calmarse a su padre;pero una noche sorprendiose de esperar
a Juan tan febrilmente... ¡Cómo,su camarada de la infancia la
preocupaba hacía algún tiempo! ¿Era, pues,un hombre nuevo o
lo había desconocido hasta entonces?
Tuvo que reconocer que su interés por él había estado
paralizado durantemucho tiempo por consideraciones
completamente exteriores, es decir,porque las maneras de Juan
no habían tenido siempre esa eleganciaconvencional que se
encuentra en los hombres de mundo.
Sí, lo reconocía; el exterior de «un cualquiera» la había
inducido aignorar el alma de aquel ser superior. ¡Cuánto
deploraba en ese momentosu snobismo que tantas veces había
contribuido a que prestase atención alos jóvenes según el mérito
de apariencias superficiales y fútiles!Juan, por lo demás, no
chocaba ya las ideas exageradas que teníarespecto a la necesidad
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