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Incertidumbre

pasaba por delante del Teatrode Variedades, entró a tomar un
palco, para pasar aquella noche enalegre compañía.
XVII
Lejos de decrecer, la enfermedad del señor Aubry tendía cada
día aagravarse; sentía grandes dolores de cabeza; el menor
ruido,repercutiendo en su cerebro adolorido, le causaba vivos
sufrimientos,por lo cual se evitaba todo lo que pudiera turbar su
descanso. Sehablaba en voz baja; se caminaba ahogando el ruido
de los pasos; elpalacete, tan alegre antes, parecía habitado ahora
por sombras tristes ysilenciosas. Desde la misma calle, no subía
ningún ruido; una espesacapa de arena había sido extendida
delante de la fachada para apagar laspisadas de los caballos y el
rodar de los carruajes.
La luz también estaba proscripta del cuarto del enfermo, que
eracuidado, en la oscuridad de los postigos cerrados y de las
cortinascorridas, al trémulo resplandor de una lámpara. En estas
condiciones lapermanencia a su lado durante días enteros,
constituía una verdaderafatiga, pues el señor Aubry, como nunca
había estado enfermo, demostrabamuy poca paciencia.
Aparte de Juan, no toleraba en su cuarto más que a su mujer y
a su hija,y no quería ser cuidado y servido sino por ellas.
Como enfermero, Jaime no servía; su padre no podía tolerar la
torpeza desus movimientos. El joven era naturalmente brusco, y
a pesar de su buendeseo, se adaptaba poco a las circunstancias:
los muebles, lasporcelanas, los vasos temblaban a su
aproximación. Para la noche no sepodía contar con él; la
atmósfera pesada del cuarto lo adormecía enseguida, y los
quejidos de su padre eran impotentes para despertarlo.
 
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