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Incertidumbre

era motivopara que él cambiase su manera de vestir. Luego,
examinándose consinceridad, descubrió que era otra la causa de
su mal humor así como delas distracciones que había tenido
durante la visita de Martholl.
En efecto, mientras escuchaba a Martholl decirle, con su voz
deentonaciones rebuscadas, las cosas amables y triviales que
acostumbraba,el recuerdo de un semblante de rasgos
demacrados, de expresiónangustiada y ardiente, hería su espíritu
de una manera singular. Despuésde haberse distraído pensando
en esto, miró con atención a suinterlocutor y le pareció que no
veía con el mismo agrado aquellosbigotes sedosos que antes le
gustaban tanto.
¡Ah! Huberto no tenía aspecto de fatigado, y no creía que
fuera cuidandoenfermos como se fatigaría nunca.
Agitada por estos pensamientos, se sintió de pronto invadida
por unremordimiento; hacía mal en acordarse tanto de Juan
desde que sabía queera amada por él, y mal en acoger las
emociones que le producía esterecuerdo. Siendo prometida de
Huberto, no debía permitir que otroocupase su pensamiento.
Trató de convencerse que su turbación proveníade la sorpresa
que había recibido al descubrir el amor de Juan. ¡Ydespués, es
tan triste ver sufrir! Y Juan sufría. Se conmovía
todavía,recordando su mirada desesperada. En su ingenuidad
atribuyó a unsentimiento de piedad sus frecuentes cavilaciones
sobre Juan.
Pero, puesto que ella iba a casarse, y se iría de la casa,
seconsolaría, sin duda, cuando no la viese más. Los sentimientos
másviolentos no resisten a las largas separaciones. ¿Por qué,
entonces,inquietarse tanto por aquel dolor pasajero? Ella
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