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Incertidumbre

María Teresa quelo miraba, le dijo, sin comprender el verdadero
motivo de aquel súbitodesfallecimiento:
—Usted se fatiga demasiado; no trabaje más esta noche, se lo
ruego.Vea, mi padre duerme, es inútil que usted se quede a velar
toda lanoche.
Y como se levantase dirigiéndose hacia la cama, Juan exclamó
con ungesto de indiferencia:
—¡Qué importa que yo duerma o que yo vele!... ¡Adiós, María
Teresa!...
Y la condujo hasta la puerta de la habitación.
XV
A la mañana siguiente Huberto fue a hacer su visita habitual.
Cuando su prometido se marchó, María Teresa se sintió
desamparada, y sepreguntaba por qué aquella visita de Huberto
la dejaba tan triste.Contribuía también a ello la idea suya de
reprocharle de nuevo el trajesombrío que se había puesto la
víspera para ir al teatro. ¡Ah! erasiempre el clubman ligero, el
hombre chic, eternamente esclavo de suspreocupaciones de snob
y esto, en el momento mismo en que ella ansiabasentir una
emoción tierna, una solicitud afectuosa, capaz de
confortarladurante el período de inquietud que atravesaba.
Sí, ese día, todo la irritaba en él: su levita impecable, sus
cabellosadmirablemente brillantes, su cara de placidez,
reflejando la íntimasatisfacción de sí mismo.
Pero, después de dar libre curso, durante algunos instantes a
suirritación, concluyó por pensar que quizá no era razonable de
su parteensañarse así con su novio. Porque ella estaba triste, no
 
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