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Incertidumbre

El señor Aubry hizo un movimiento; temiendo despertarlo,
volvieron a sulado y permanecieron silenciosos en la calma del
cuarto.
Entonces, bajo la influencia algo misteriosa del silencio y de la
luzdiscreta de la lámpara, el bienhechor olvido expulsó del alma
de Juantodo lo que no era la real felicidad de la presencia
querida. Nadaexistió para él fuera de aquel ser de tal delicadeza
y de encanto; creíavivir en un sueño, no quería ni saber en qué
lugar de la tierra seencontraba allí solo con ella.
Sí, ella estaba allí, tan cerca, que sentía el fino aroma de iris
conque perfumaba sus cabellos, tan cerca, que podía tocar el
extremo de suvestido avanzando la mano. ¡Ay! tantas veces
aquel ademán había hechodesvanecer su sueño, que no se
arriesgaba ahora.
María Teresa se sentía retenida en el canapé como por
invisible lazo.Sin embargo, Juan no la miraba, ni pronunciaba
una palabra. Pero,semejantes a nubes de incienso, los efluvios
de adoración que emanabandel joven, la envolvían en una
atmósfera de ternura, y gozaba de unasensación de felicidad
ignorada hasta entonces.
Ella misma, sin darse cuenta, rompió el encanto: habiendo
avanzado lamano sobre la mesa, en la órbita luminosa de la
lámpara velada,irradiaron los fulgores del rubí de su anillo de
novia y el ojo deJuan, atraído, vio como sangrar la mano de su
amada.
Con este simple juego de luz, la realidad entró de nuevo en su
espíritucomo dueña imperiosa, suscitando el recuerdo del novio.
Juan,desalentado, apoyó sobre el muro su cabeza aniquilada.
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