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Incertidumbre

sus dos hijas, llevando unavida monótona e incómoda, pues el
coronel, a causa de la gota, que lesobrevino con la edad, había
adquirido un carácter agrio y mostrabagustos difíciles.
La muerte de su marido la libró de tales incomodidades.
Deseando huir deun lugar donde tanto había sufrido, abandonó
el castillo de Blandieres,lo vendió, y fue a instalarse en París,
con la firme intención deindemnizarse de los tristes años que
había pasado. Arrendó un hermosodepartamento en la calle
General Foy, y terminado su período de luto, selanzó al mundo
con frenesí.
Independiente, linda, rica y elegante, se vio en seguida bien
estimada ysolicitada. Esta existencia de placeres la absorbió
completamente.Visitar mucho y recibir más aún, fue su única
ocupación; sentía por lavida social, verdadero fervor.
Ocupada únicamente de los ritos, ceremonias y prescripciones
que rigenlas obligaciones de una mujer que quiere brillar en la
carrera difícilde alternar en el gran mundo, disipaba su fortuna
para alcanzar estefin; pero la disipaba alegremente, y encontraba
la recompensa de susesfuerzos en las crónicas de los diarios
relatando sus paseos y susrecepciones; las líneas de elogios de
los ecos sociales la halagaban,aunque, a menudo, era ella misma
quien pagaba la inserción. Estaconsideración, completamente
secundaria para ella, no amenguaba susatisfacción.
La noche de la tertulia, anunciada algunas semanas antes en la
casa dela señora Aubry, los salones de la señora de Blandieres
presentaban unmagnífico aspecto, y la alegría era ya grande
cuando los Aubry llegaron.La primera persona que María Teresa
percibió, fue a Huberto, quien,semioculto detrás de una tapicería
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