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Incertidumbre

los archiduques. «En el gran mundo no encontramos ya, había
dicho,más que advenedizos, gente enriquecida en el comercio y
en laindustria.»
¿Entonces Huberto no daba su estimación a los que llegan a la
fortunapor la inteligencia y la labor?... Ella, que había sido
educada en elculto del trabajo y de la energía individual, ella,
que admiraba la obrade su padre, se había sentido ofendida por
aquella disposición deespíritu de Huberto. ¿Por qué hablaba con
tanto desprecio de cosasrespetables y nobles? Si la amaba,
verdaderamente, debía habercomprendido cuánto esta manera de
pensar lo alejaba de ella. Su padre¿no era el tipo perfecto del
caballero? Y la fortuna que había ganado¿no era más honorable
aún por haber sido ganada en la industria con supropio trabajo?
Pero no, aquéllas eran palabras al aire, de esaspalabras
insignificantes
que
están
sembradas
las
conversacionessociales.
—Es imposible—se repetía, queriendo convencerse a toda
costa,—que unser inteligente como Huberto, no prefiera el
hombre formado por supropio mérito al «inútil,» cuyo único
bagaje consiste en una línea deabuelos o bien de una serie de
herencias sucesivas.
Luego, poco a poco, olvidó este motivo de discordia y dejó
volar sufantasía recordando las manifestaciones del amor que el
joven parecíasentir hacia ella.
XI
La señora de Blandieres era muy amiga de infancia de la
señora Aubry.Huérfana y sin fortuna, se había casado muy joven
con Héctor deBlandieres, coronel retirado de caballería. Durante
doce años tuvo quededicar sus cuidados a su anciano marido y a
de
 
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