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—No, no, ese muchacho es más entendido que yo; el discípulo
hasobrepasado al maestro; hoy, dirige todo, te lo aseguro; en
estosúltimos meses ha tenido una idea de fabricación casi genial.
—¡Qué entusiasmo, papá querido!
—Digo la verdad; Juan es el alma de la fábrica, y me felicito
de ello.
Hacía algunos minutos que la señora Aubry miraba
atentamente la cara desu marido, en la que se revelaba una
profunda tristeza.
—En fin—aconsejó,—no te fatigues; te encuentro algo
cansado desdehace algunos días, sobre todo hoy...
—¡Bah, bah! esto no es nada, la comida me confortará; no
vayas ahora aponerte cavilosa.
Diciendo estas palabras, el señor Aubry tomó afectuosamente
el brazo desu mujer y la mano de su hija, como cuando era
pequeña, y agregóalegremente:
—¡A la mesa, hijas mías!
Por la noche, cuando María Teresa se retiró a su cuarto, se
instalócerca de la chimenea, con un libro; pero su espíritu
volaba lejos de loque trataba de leer. Pensaba en los incidentes
de la tarde, en suimpaciencia, que no había podido disimular, de
volver a ver a Huberto, yen el placer mezclado de angustia que
había experimentado al encontrarlosiempre encantador,
enamorado, amable, ¡pero tan frívolo!... Por turnose presentaron
a su imaginación las caras amigas de las Blandieres, dePlatel, de
la señora d'Ornay. La de Bertrán Gardanne le trajobruscamente
a la memoria las palabras de Huberto, dando razón al huéspedde

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