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Incertidumbre

bruscamente, noqueriendo comprometer la dulzura de aquel
adiós.
María Teresa, apoyada contra uno de los pilares de piedra de
la verja,siguió con la vista al joven que se alejaba.
Largo tiempo lo vio sobre el camino desierto. Experimentaba
una dulceemoción. ¿Esta sensación era causada por el que
caminaba allá, o porel encanto sugestivo del crepúsculo? Una
gran calma reinaba a sualrededor; en el horizonte el mar parecía
adormecerse.
Huberto miró varias veces hacia atrás, como atraído por el
fluido de lasmiradas de María Teresa; después, su silueta se
desvaneció, lejana,entre el polvo del camino y los últimos
reflejos de una aglomeración denubes blancas.
Cuando el joven hubo desaparecido, María Teresa cerró los
ojos uninstante. No lo veía ya, pero conservaba su imagen. El
placer que sentíapor la declaración oída, se avivaba por el hecho
de que quien la habíapronunciado poseía una sonrisa seductora y
unos ojos persuasivos. Volvióa ver también, oprimiendo su
mano, una mano larga y blanca adornada conun curioso anillo
antiguo.
—¡Me gusta!—murmuró.
IX
Poco a poco todos abandonaban a Etretat. En el Casino, en la
playa, nose veía sino alguno que otro bañista. Una vida
tranquila, retirada, enel interior de las villas, reemplazaba al
movimiento y a la animaciónque había reinado durante la
estación.
 
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