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Incertidumbre

dedecírmelas—se apresuró a añadir la joven, molestada por la
actitudapremiante de Huberto.
—Entonces, ¿tengo que esperar para conocer mi suerte?—
interrogó éltomando la mano de María Teresa entre las suyas.
¡Reconozca que es unpoco duro! ¿Puedo, a lo menos, ir a
visitarla en cuanto esté en París,en los últimos días de
noviembre?
—Venga usted, mamá lo ha autorizado.
—¡Si yo pudiera creer que al otorgarme este favor, usted se
muestrabien dispuesta a acceder a mi petición!—murmuró
Huberto apoyando suslabios sobre la fina mano que la joven le
tendía para darle un adiósdefinitivo.
María Teresa, sin responder, desprendió su mano prisionera,
y,sonriendo, pasó su brazo bajo el del joven y lo condujo
suavemente haciala puerta del jardín, diciéndole:
—Esta vez, usted lo ha merecido, lo echo de mi casa,
pisoteando losdeberes más elementales de la hospitalidad. Pero
es en interés de suestómago. Es tarde y no quiero privarlo de
comer, a pesar del granplacer que tengo en oírlo... ¡Adiós!
—¡No! diga usted: hasta la vista y hasta muy pronto; si no, no
mevoy... estoy decidido, y la noche me encontrará de centinela
delante desu puerta...
La joven se sonrió, y conciliante:
—Hasta muy pronto, pues—dijo.
Estas simples palabras fueron pronunciadas en una inflexión
de voz tansuave, que llenaron de esperanza a Huberto. Se alejó
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