el tierno halago de mi voz ardiente.
¡Ya no piensas en mí! Ya cuando al cielo
vuelves los claros ojos,
pides calma á tu duelo,
no paciencia á mi queja y mis enojos.{83}
Ya cuando pinta el éter la mañana
con brillantes albores,
no corres presurosa á la ventana,
porque yo no la adorno con mis flores.
Ya al esquivar el celo con presteza
de importuno testigo,
no vuelves la cabeza
á ver si yo te sigo.
De otros sitios respiras el ambiente
que yo no he respirado...
Ya no temes jamás entre la gente
que pase yo á tu lado.
Los goces que soñé en mis desvaríos
puede decirme otro hombre que son suyos...
¡Tú tienes hijos ¡ay! y no son mios!...
—¡Yo los tengo tambien, y no son tuyos!
Niégame el sueño su apacible olvido,
y el solo pensamiento de mi mente,
el eco solo que mi oido siente,
es de tu dulce nombre eco querido.
Si al fin de la velada, ya rendido,
busco el descanso, mi cerebro ardiente
forja sueños de dicha sonriente,
y siempre va tu nombre á ellos unido.
Mas ¿cómo en él no pensaré despierto?
¿Cómo sin él soñar cuando dormito,
ávido el pecho á la ilusion abierto?
¿Cómo no recordar su eco bendito,
que hace santo mi loco desacierto,
si aquí, en mi corazon, lo llevo escrito?
