¿Temes, acaso, que al sentir tu mano,
tiemble asombrado el ánimo cobarde,
y se estremezca el alma recelosa?
Te engañas. ¡Temor vano!
¿Crees que te hablo en arrogante alarde,
que la mente medrosa
desmiente con terror? ¿Piensas acaso,
que sabiendo que Dios únicamente
puede cortar de la existencia el hilo,
me rio de tu saña? ¿O que sintiendo
robusto el cuerpo, el ánimo tranquilo,
desprecio tu impotencia?{74}
¿O que á grave dolencia
rendido, busco en tí el alivio ansiado?
Mas... ¡ah! Tal vez sospechas
que abatido, sin fé, desesperado,
sin calor en el alma, y ya deshechas
mis ilusiones de ventura y gloria,
busca en tí el alma herida que padece
la sola realidad que el mundo ofrece.
Te engañas: ni en mi pecho tiembla el miedo,
ni confiado en Dios te reto osado;
y si el cuerpo abatido,
por males y dolores combatido,
la dulce paz de tu retiro anhela,
el alma nó, que con distinta suerte,
busca el cuerpo reposo, el alma vida,
y reposo no más hay en la muerte.
La frïaldad con que el sepulcro hiela
no puede codiciarla quien ansioso
busca luz y calor, lucha y victoria.
Si el corazon medroso
teme hallar la verdad, porque al hallarla
tal vez encuentre el mal, necio sería{75}
si en tí buscara alivios y consuelo,
pues harto sé por desventura mia,
que tú hieres la paz y la alegría
y eres sorda á la voz del hondo duelo.
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No: te busco y te temo.
Te busco, como busca el peregrino