por siempre con vosotras he perdido.
Ya ni gloria, ni amor, ni bien espero;
y á tanto de mi suerte el odio alcanza,
á tanto llega su castigo fiero...
¡que me deja vivir sin esperanza!
Tal vez pensó la mano misteriosa
que así á un suplicio eterno me condena,
que al ver perdida mi ilusion hermosa,
al verme entre las sombras de la pena,
en justo desagravio del martirio
que en un infierno convirtió mi vida,
ciego, iracundo, presa del delirio
fuese á buscar el arma del suicida...
¡Ah! nunca; suya fué la atroz sentencia
que, dócil al capricho de mi suerte,
me libró, sin pedirlo á la existencia,
y ella no más ordenará mi muerte.
Ella hará que este sér su afan soporte
cercana viendo la entreabierta tumba,{69}
ni tan valiente que su vida corte,
ni tan cobarde que al dolor sucumba.
Como en la oscuridad busca el que ciega
alivio de su bárbara fortuna,
yo buscaré la paz que se me niega
de mi propio dolor en la amargura.
Veré pasar en juvenil cortejo
tantos dichosos que envidiar debiera,
y hallaré en su alegría algun reflejo
del tiempo en que tambien dichoso era...
¿Envidiarlos?... ¿Por qué? ¡Yo me divierto
ahogando en sus murmullos mi agonía...
¡Si aunque ellos la perdieran, sé de cierto
que para mí su dicha no sería!
¡Se van! ¡Qué triste me quedo!
Apenas vencerme puedo,
