Me sentía morir, y quise verla,
darle mi maldicion;
y... vino... y ví sus ojos, y... le dije...
«¡Que te bendiga Dios!»
«¡La amo!» yo me decia
loco, embriagado en su recuerdo hermoso,
y «¡la amo!» repetia.
¿Dónde se fué el ensueño venturoso
que en su amor me forjé?
Fué no más vago sueño mentiroso;
hoy me digo: «¡la amé!»
A través de los siglos que han pasado,
inmóvil en tu asiento;
bañada por el mar desenfrenado
que ruje turbulento
ó seca por el viento
que azota tu semblante descarnado,
miras llegar tranquila
la ola hirviente que rugiendo avanza,
se recoge al llegar, duda, vacila
y contra tí con ímpetu se lanza.
Choca, gime, se rompe, y agitada
te envuelve con furor en densa bruma,{55}
y murmurando, vuelve al mar cansada

