¿Por qué? Yo te he cubierto con mis besos;
el párpado süave, el fresco labio,
la blanca frente y el nevado pecho,
tu garganta, tus rizos y tus manos...
¡Todo, de amor en el delirio ardiente,
mis dedos con afan lo acariciaron!
Y tú, rendida al ruego, y al instinto
que en el hombre engendró quien le ha creado,
beso por beso, loca me volviste,
buscando, al esconderte entre mis brazos,
oprimiéndome á un tiempo con los tuyos,
tu cabeza en mi pecho sepultando,{48}
camino de llegar hasta mi alma
para buscar en ella tu retrato,
ó el fuego de la llama abrasadora
del amor y el placer ¡crímenes santos!
Y fundidos en uno nuestros séres,
sin idea del tiempo ni el espacio,
sin que tanto placer y dicha tanta
pagára ningun hombre con su llanto,
secreto como el génesis del mundo,
grande, amada mujer, como el espacio,
creamos un momento de ventura
de nuestra vida en el trascurso amargo.
Momento que era un mundo... ¡cuán distinto
del mundo miserable que habitamos!
Todo era amor y dicha, saturada
con la miel regalada de tus labios.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
¡Y tal felicidad era un delito!
¡Tanta dicha, mujer, crímen nefando!
¡Por qué? Yo no lo sé; pero es un crímen...
Por tal el mundo entero lo ha juzgado...{49}
¿Qué importa? Yo desprecio su sentencia,
y en tus caricias y en tu amor soñando,
sólo sé que me arrastras en pos tuyo,