y ella y él, caminito de la fuente
que entre los olmos murmurar se oia,
iban pausadamente;
ella lloraba y él se sonreia.
Él, con ánsia creciente,{40}
—«Me quieres, vida mia?»—le decia;
y ella, alzando la frente,
donde el santo pudor resplandecia,
le miraba á los ojos fijamente,
y mil veces—«¡Te quiero!»—repetia.
Porque no te veia,
una vez maldiciendo, otra llorando,
la vista dirigia
á la arboleda umbría,
sólo de ruiseñores habitada,
que, la intensa pradera atravesando,
termina en el umbral de tu morada.
Ya se iban apagando
del ciclo azul los tornasoles rojos...
Yo, el rostro contrayendo
de rabia y de dolor, cerré los ojos
y... ya nunca te aguardo maldiciendo.
Alza su vuelo el águila altanera
ráuda cruzando pueblos y naciones,


