—¡Ay, padre! ¡Es que me ha olvidado
la mujer que yo quería!
—Hijo: tu dolor me mata,
ven y reposa en mi seno,
de amor para tí está lleno,
en él tu llanto desata,
¿Qué te importa si una ingrata
de sus brazos te desvía?
Toda es tuya el alma mia,
reposa en mí confiado.
—¡Ay, madre! ¡Que me ha olvidado
la mujer que yo quería!
No, ya no quiero consolar al triste,
ni con mis manos enjugar su llanto:
ya mi alma, endurecida, se resiste
hasta del bien al goce sacrosanto.
Ya el dolor me arrebata y desespera,
sin que consuelo á la paciencia pida:
ya aborrezco el dolor... ¡el dolor, que era
la ilusion más hermosa de mi vida!
Espíritu rebelde, á Dios me atrevo,
y de su fé rompiendo ya los lazos,
como reproche, ante sus ojos llevo
de mi alma destrozada los pedazos.
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Si al escuchar mi queja en la agonía,
de la lucha feroz al fin rendido,
me echa en cara mi osada rebeldía,
yo le podré decir: «Tú lo has querido.
Tú me marcaste de la vida el paso,
tú un cuerpo débil para mi alma diste:
si era para el licor frágil el vaso,
¿por qué no lo cambiaste ó lo rompiste?
¿Dónde está tu justicia, que no acudes
