las osamentas de cien mil soldados
que asesinó su bárbara locura;
el paso de la fiera muchedumbre
áun destroza la miés de la campiña,
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y cadáveres mil ensangrentados
alimentan las aves de rapiña.
¡Arte!... Tal vez tan sólo ese deseo
es en él verdadero y grande y puro...
Tal vez... Mas, ese mismo sentimiento,
¿no es acaso el altivo desvarío
de hallar de Dios el ignorado asiento,
adivinar su imágen escondida,
sorprender su existencia en un momento,
y robarle el secreto de la vida?
—Cuando tras tanto penar
llegas, cubierto de gloria,
á gozar de la victoria
al amor de nuestro hogar,
dime: ¿Qué negro pesar
turba, hermano, tu alegría?
¿Qué negra melancolía
te entristece á nuestro lado?
—¡Ay, Julián! ¡Que me ha olvidado
la mujer que yo quería!
—Hijo, ¿y por eso abatido
al dolor te rindes ciego?
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¿Perdiste el valor y el fuego
con la sangre que has perdido?
¿Lloras?... Mas dime, ¿qué ha sido
del valor que yo sentia
cuando tus cartas leía
ansioso y entusiasmado?
