Pedro, después de haber meditado sobre ese capítulo, acabó
porexplicarse tal reserva merced a una razón que parecía
verosímil: sinduda hubo al principio de parte de Pierrepont,
dados sus antecedentes yopiniones, disgusto y extrañeza al
considerar cómo un nombre de loshumildes orígenes de Jacques
se atrevía a poner sus ojos en una joven deelevada cuna, que era
al mismo tiempo casi una parienta del marqués,porque ya en
más de una ocasión, aun en medio de su franca amistad,había
advertido Fabrice cómo tras del amable dilettantismo de
Pedroasomaba en ocasiones una punta de protección
aristocrática, cual si suamigo pretendiese arrogarse con respecto
a él el papel de Mecenas. Elartista sonreía, como un sabio y un
justo que era, absolviendo esasdebilidades radicadas en la
levadura humana, pequeñeces al fin queexcusaba de buena
voluntad por cuanto conocía cuan grande y noble fuese,a pesar
de ellas, el alma de su amigo.
En la tarde misma de aquel memorable día de la entrevista,
escribióFabrice a la señora de Montauron dándole gracias por
sus atenciones, yal día siguiente llegaba a los Genets
acompañado de su hija Marcelita.
Marcela, la hija del pintor, era por estos tiempos una linda niña
decinco años, que tenía la misma frente serena y seria de su
padre,cautivando, además, por el gentil donaire de su graciosa
personita. Laseñora de Montauron declaró ex cáthedra que tenía
aire de española.
