¡Oh, ahora!... La dulce quimera habíasepara siempre
desvanecido.
Beatriz sentía cual cosa evidente que el temeroso suceso
estaba a puntode realizarse: todo lo presagiaba: la baronesa,
como ella misma decía asu lectriz, jugaba esta vez su última
carta, y el joven marqués seprestaba al juego con toda buena
voluntad, que el final resultado nopodía ser dudoso.
Es difícil figurarse ni más acerbo ni más glacial tormento que
aquel quehacía días venía sin piedad torturando el alma de la
señorita deSardonne; brillantes rivales se disputaban la mano del
hombre de suamor, y ella veíase forzada a presenciar ese torneo
en sonrienteexpectativa.
Pierrepont había llegado a los Genets un lunes. Hacia el
mediodía deldomingo siguiente, abandonó a los huéspedes de su
tía, quienes teníanconcertada una partida de pesca, para después
del almuerzo, y se fue ala estación inmediatamente con el fin de
esperar a su amigo ypresentarlo a la baronesa. Encontraron a la
señora de Montauron haciendouna labor cualquiera en una
inmensa sala tapizada de blanco y en cuyasparedes campeaban
antiguos retratos de familia: Beatriz, entretanto,leía un diario.
No tuvo el pintor necesidad de reflexionar mucho para decirse
a sípropio que, si la elección le hubiese sido permitida, no habría
sidoseguramente la señora de Montauron la retratada. Sin
embargo, no habíaque hacerse grandes ilusiones acerca de la
acogida de la lectriz, quiensin levantarse le echó una hostil
mirada y continuó en voz baja lalectura de su periódico,
