banco... Pero, ¿erarealmente ella la que allí se encontraba?...
¿Era ella la causa de todosestos horrores?... ¿Era ella, Beatriz, la
que acababa de recibir, ymereciéndolo, ¡ay!, el sangriento
ultraje que le dirigiera su marido...y que no había osado negar?...
Porque era evidente que durante elcombate en que aquél jugaba
su vida contra la de otro hombre, no era porsu consorte por
quien ella temblaba... Era notorio para su concienciaque había
cometido el crimen, en un arrebato de pasión, de afirmar lamano
temblorosa del marqués, y que, al ver a su marido bajo el
imperiode una sentencia de muerte, su primera sensación fue la
de una alegríaferoz... Ella supo entonces, la desventurada
criatura, como otras tantaslo supieron antes, hasta qué grado la
pasión puede falsear y pervertirlas almas más nobles y más
puras, cuando se la deja reinar en absolutosobre la razón, la
voluntad y el honor.
Han pasado varias semanas. Corre el mes de agosto. Beatriz y
Pierrepontno han vuelto a verse. Por un escrúpulo que los dos
comparten hanevitado toda comunicación por escrito. Beatriz
sabe únicamente que,contra su costumbre, el marqués pasó el
verano en París, y aquéllapresume que Pierrepont aguarda sus
órdenes.
Cierta mañana Pedro recibe de su amante este billete:
«Te conjuro a partir para Glion. La señora de Aymaret está allí
todavía.Confíaselo todo. Dile que me otorgue su perdón, que el
dolor me vuelveloca, que la espero.»
