Beatriz subió los tres o cuatro escalones del peristilo, y
volviendo lacabeza dijo a Pedro: «Vuelvo al momento»,
entrando en seguida en elsalón.
Pierrepont, desconcertado al pronto, aguardó algunos
instantes, pero alfin se decidió a seguirla; la habitación estaba
casi a obscuras,cerradas las persianas para preservarse sin duda
contra el fuerte calor;el marqués pudo, sin embargo, advertir que
Beatriz no estaba allí; sepresentó un momento después llevando
un estuche en la mano.
—Es su brazalete—le dijo en débil voz—; el brazalete que me
envióusted de Londres cuando mi casamiento... Entréguelo de
mi parte a suprometida... ¡Quiero que mi sacrificio sea
completo!
Pierrepont intentó darle las gracias, pero su voz se ahogó en
sugarganta; puso la mano en la mano que ella le tendía.
Y aun no se oyó acabar este fatal vocablo, cuando cayeron el
uno en losbrazos del otro, en olvido la tierra y los cielos,
enloquecidos,arrastrados por esos huracanes de pasión que
tornan veloces honor devarón, virtud de mujer, en flores
marchitas, en muertos follajes, enhuecas palabras.
El despertar de una mujer honrada y altiva que sucumbe al
impulsofunesto de una pasión prohibida es un desolador
despertar, pero si rarasveces sucede que no se arrepiente de su
