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Honor de Artista

—Y no es extraño—añadía la señora—, porque usted también,
Fabrice,tiene tipo español... ¿Está usted seguro de no serlo?...
Recuerdo habervisto en San Sebastián, hace dos o tres años, un
torero que tenía conusted extraordinario parecido.
—Eso es muy lisonjero para mí, señora, pero crea usted
firmemente quemi único parentesco con aquel diestro, es la
común descendencia de Adán.
La sociedad de invitados de los Genets se había, renovado en
partedurante la ausencia del pintor, pero el personal femenino,
aunque unpoco más frío por la ausencia de Pierrepont, era
siempre numeroso ybrillante.
Las mujeres en general, en su necesidad de conceder
tiernasdemostraciones, aprovechan presto la ocasión de
otorgarlas a algo o aalguien; así, pues, Marcela no tardó en
atraer sobre su monísima figuralas cariñosas efusiones de que
tan pródigo es el sexo bello; únicamenteentre los habitantes del
castillo, la señorita de Sardonne mostró haciala criatura lejanía e
indiferencia, dirigiéndole como al paso brevespalabras, en tono
brusco, distraído, casi enojado, sin que tuviera conel padre
durante las reanudadas lecciones de acuarela ni una
frasecariñosa para la niña: el mismo angelito sentía esa especie
demenosprecio, pareciendo tener miedo a la bella desdeñosa.
Jacquesignoraba en absoluto la tremenda prueba por que
acababa de pasar la deSardonne, prueba cuyas amarguras
desgarraban todavía su alma con toda lacrueldad de una
pesadilla. Alarmado y herido el pintor en su ternurapaternal,
acusó a la huérfana de insensibilidad, de vano orgullo,
desequedad de alma, preguntándose si sus mismos sentimientos
serían jamáscomprendidos por aquel corazón de acero,
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