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Honor de Artista

éralo ella tanto, que tíay sobrino estuvieron a punto de reñir con
este motivo ligera escaramuza.La baronesa creía que bajo las
inesperadas artísticas aficiones de sulectriz emboscábase una
intentona de emancipadora rebelión, y ya que nopudiese oponer
un formal veto sin manifestar al desnudo su celosodespotismo,
desahogó su mal humor presentando un diluvio de objeciones.
—¡Es gracioso que esa señorita se permita disponer de su
tiempo sin mipermiso!—dijo a su sobrino.
—Perdone usted, tía, no dispone sino de aquel que
buenamente le dejausted libre.
—¡Es que puede hacerme falta a cada momento!
—¡Vamos, tía! ¿para qué puede usted necesitarla mientras se
halla usteddurmiendo?
—¡Sí, pero me parece absurdo que yo la tenga toda la vida a
mi ladopara proporcionarme el placer de verla embadurnar papel
de marquilla!
—¡La pobre no tiene tantas distracciones que digamos, mi
buena tía... yésta es tan inocente!
—¡Sí, inocente!... ¡por supuesto!... ¡qué tontísimo eres!... yo
estoysegura de que Fabrice gusta a... a su señoría... No puede
negarse, laverdad que es hermoso, con la más peligrosa de las
hermosuras... lahermosura tenebrosa de los hombres de
inteligencia... y luego, eso, elprestigio del talento... ¿Crees tú
que esos cotidianos tête-à-têteentre maestro y discípula no han
de traer sus consecuencias?
—Sí, tía, lo creo... sobre todo cuando el alumno es la señorita
deSardonne.
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