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Honor de Artista

—Nada.
—¿Piensa usted en alguien?
—En nadie.
—¡No es usted sincera en este punto!
—¡No! pero doblemos la hoja, hablemos de otra cosa, se lo
ruego... ¿Escomplaciente su amigo Fabrice?... ¿Sería amable
conmigo si tuviesenecesidad de pedirle algún favor? ¿Qué cree
usted?
—Estoy seguro de que sí... Pero es necesario que bajemos
aquí; de otromodo la corriente nos arrastraría por encima de la
esclusa.
En efecto, el riachuelo caía en el Orne a poca distancia,
franqueando unpequeño dique. El salto de agua se dividía en dos
brazos, de los cualesuno daba movimiento a un molino instalado
en la orilla. He ahí el motivode paisaje que Fabrice bosquejaba
cuando la señora de Aymaret yPierrepont se le juntaron.
Después de los cumplimientos de usanza, la señora de
Aymaret,ruborizada—por nada se ruborizaba esta mujer
adorable—, habló alpintor de su pretensión, que el artista acogió
con la mejor voluntad.
—Será para mí un placer—dijo a la vizcondesa—, dar
consejos a laseñorita de Sardonne, aunque ella haya abandonado
un poco el estudio dela acuarela... ¿La señorita de Sardonne
copiaba ya la naturaleza oúnicamente la muestra?
La señora de Aymaret, siempre ruborizada, no pudo asegurarle
nada sobreaquel particular.
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