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Honor de Artista

Era el único de entre los huéspedes del castillo que la tratasede
igual a igual; todos los demás, con especial las señoras,
tomabanejemplo de la baronesa, para afectar con la pobre
Beatriz aires de finasuperioridad o de desdeñosa protección.
Fabrice notó que aquella partemás penosa en las funciones de la
lectriz las prevenía Pierrepont con elmayor cuidado; él era quien
se levantaba para acercar el taburete,colocar un cojín, abrir una
ventana, llamar un criado, desviviéndose, enfin, por satisfacer
los caprichos sin número de una anciana señoraenfermiza,
nerviosa, y de un tan imperioso, cuanto superlativo
egoísmo.Pero la baronesa parecía preferir con mucho los
servicios de la señoritade Sardonne a los de su sobrino.
—Muy bien, Pedro... mucho te lo agradezco... y Beatriz
también,supongo... aunque te diré con franqueza que los
hombres tienen la manodemasiado pesada para estos delicados
menesteres... no hay como Beatrizpara arreglarme los cojines
sin molestarme... ¿No es verdad, señorFabrice?... Además, hijo
mío, no quiero monopolizarte... tú eres aquíun poco dueño de
casa... y te debes a mis huéspedes, que son también lostuyos...
Anda, pues, con ellos... anda... ¡dame gusto!... anda.
De todas las amigas de infancia de Beatriz, una sola, mayor
que ésta endos o tres años, le había quedado obstinada y
tiernamente fiel. Esaamiga era la vizcondesa de Aymaret, prima
de la señorita de LaTreillade, cuya linda calumniadora había
perfidamente asociado el nombrede aquélla con el del marqués
de Pierrepont, en su crónica escandalosa.La señora de Aymaret
habitaba el verano la pequeña posesión de lasLoges, situada a
dos kilómetros, poco más o menos, de los Genets. En elcampo
como en París, dejaba raras veces pasar una semana sin ir a ver
aBeatriz, arrostrando denodadamente para llenar tan sagrado
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