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Honor de Artista

—¡Ya lo creo! ¡hay de qué! ¿Y qué es lo que aquélla le
responde?
—Le responde... le responde... ¡chito!—concluyó Marianita.
Al decir esto las dos rompieron en una carcajada, y como la
campanaanunciara el almuerzo, se alejaron en dirección al
comedor.
Aún no se habían perdido de vista, cuando Fabrice, que
durante elsorprendido curioso diálogo cambiara con Pierrepont
frecuentes yedificantes miradas, le preguntó a éste con la calma
que le erahabitual.
—¿Quién es esta expeditiva señora, esta preciosa Mariana?
—Mi buen Fabrice—dijóle el marqués—, no es una señora, es
unaseñorita.
—¡Diablo!—replicó vivamente el pintor—. ¿Y la otra... Eva?
—Es su institutriz.
—¡¡Dia...blo!!—acentuó Fabrice con energía.
Y volvió tranquilamente a preparar su paleta.
—Como hoy mismo voy a presentarte a esas inocentes, sería
inútilocultarte que tan aventajada criatura es la señorita de la
Treillade, yno parece de más advertirte que esta mañana
precisamente, me larecomendaba, mí tía cual un modelo de
todas las virtudes... Verdad esque añadía que era muy
instruída... en lo que, como has visto, no seequivocaba... Cuando
pienso que tal vez me hubiera decidido por ella,siento
escalofríos... Ahora comprenderás por qué razón he prescindido
detodos los principios de la delicadeza ante la idea de darme
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