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Honor de Artista

impulsaban tendencias, gustos,falta de ambición, y un poco
también el deseo de complacer a ciertaanciana tía, que no se
contaba seguramente entre las fervientesadmiradoras de la
república.
Era esta tía la baronesa de Montauron, por su familia Odón
dePierrepont; cifraba en su apellido el más grande orgullo y era
viuda ysin hijos, circunstancia que no la entristecía, puesto que,
merced aella, proponíase disponer a su muerte en favor de su
sobrino, de loscuantiosos bienes que heredara de su difunto
marido, dando por estacombinación nuevo brillo a los un tanto
deslustrados blasones de sucasa, porque sin que pudiera
estrictamente decirse que los Pierrepont sehallasen arruinados,
encontrábanse, de dos generaciones atrás, en menosque mediano
estado de fortuna, sobre toda si se considera cuán grandesson las
exigencias de la vida al uso de los tiempos que alcanzamos.
Una renta de escasas treinta mil libras fue todo lo que de la
sucesiónpaterna pudo sacar el joven marqués, y si esta suma era
suficiente paraasegurar su independencia, no era bastante ni aun
adicionada con elligero suplemento que a título de aguinaldos
dábale anualmente su tía,para llenar las necesidades de posición
a que se veía obligado un hombrede su clase, representante de
toda una estirpe de grandes señores.Ciertamente que la señora
de Montauron, que tenía por su parte unaentrada anual de muy
cerca de cuatrocientos mil francos, habría podidomuy bien no
aguardar la hora de la muerte para dorar un poco el
escudoheráldico de su sobrino, pero la dominaba una pasión
todavía másdecisiva que el orgullo de raza, y esa pasión era el
egoísmo. Verdad esque la vida un tanto estrecha que las
circunstancias obligaban a llevara aquél, mortificaba
grandemente la altivez de la vieja baronesa, pero,así y todo, no
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