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Honor de Artista

Espectáculo tal no parecía seguramente tan grato a la señorita
deSardonne, porque, descontadas las raras ocasiones en que la
señora deMontauron se decidía a subir en carruaje, en cuyo caso
llevaba consigo asu lectriz, la tenía sin misericordia encerrada
en casa, bajo elpretexto de decencia social. La pobre Beatriz
quedaba así fuera deaquella vida de placer y de lujo, en medio
de la cual presentía, porotra parte, que su sencillo traje y
modesto continente habría sidomotivo de sonrojo. Educada ella
misma en los esplendores de la vidamundana, tenía, como la
mayor parte de las jóvenes de su clase,irresistibles aficiones a la
elegante vida del sport. Era, en suma, másun corazón noble que
un alma superior; altanera pero no reflexiva, traslos encantos de
su hermoso sonreír, ocultábanse a veces amargossufrimientos, y
cuando seguía con la vista aquellos caballeros yaquellas
amazonas que se perdían bajo los añosos árboles de las
anchasavenidas, si su frente permanecía serena y pura, partíase
su pecho alduro golpe del dolor.
La llegada de Pierrepont al castillo le aparejó aún más
cruelessuplicios, que por cierto no fue ella la última en prever,
puesto, quela baronesa tenía muy poderosas razones para poner
al cabo a la huérfanasobre las pretensiones y proyectos
conyugales que acerca de su sobrinoabrigara. Debemos decir en
justicia que nunca Beatriz, una vezconsumada la ruina de su
familia, había alimentado esperanza alguna dever un día
compartidos sus sentimientos con el marqués, y sancionadospor
el matrimonio, advirtiéndole su razón distintamente cómo
Pierrepontestaba para siempre perdido para ella y que sólo a
milagro pudiera deberel verlo su marido; pero en fin, en tanto
que Pedro continuase solteropodía tal vez el Cielo operar el
prodigio... y este blando ensueño ledaba la vida... más ahora...
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