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Honor de Artista

señorita fuese distinguida, y esto por decoro de su casa
ynombre: quería también que la candidata tuviera buen
carácter(circunstancia más que esencial, indispensable, créanos
el lector, paraestar a su lado). Exigía que fuera hermosa, a fin de
que su presenciaviniese a ser como un cebo para el sexo fuerte,
de cuyos atractivoshabía sido siempre la baronesa devota
fervientísima. La señorita deSardonne parecía responder a la
perfección a tan varias exigencias,puesto que era de ilustre cuna,
perfecta distinción y soberana belleza,y aun hay quien dice que
demasiado soberana en sentir de la baronesa,pero era necesario
ser indulgente en algo, dado que las señoritas decompañía no
pueden mandarse hacer, como los sombreros. Era la señoritade
Sardonne de bastante estatura, pero lo que sobre todo la
hacíaadmirar era su magnífico aire: una reina. Ojos de obscuro
purísimo azul,tez ligeramente morena, y al sonreír dos hoyuelos
se abrían en susmejillas. ¡Detalle por cierto encantador! Su traje
tenía que ser porfuerza muy sencillo; casi siempre un vestido
negro sin adornos; algunasveces lo cambiaba por otro
tornasolado que modelaba finamente susoberbio busto de diosa,
realzando cada uno de sus movimientos a unmetálico rielar.
Circunspecta por carácter y posición, no hablaba nuncamás que
para responder con breve urbanidad a las preguntas que se
ledirigían, y obedecía, si no con paciencia, al menos con
calmaimperturbable las con frecuencia mortificantes órdenes y
tiránicoscaprichos de la baronesa: un imperceptible vertical
pliegue entre losdos arcos de sus cejas, que se acentuaba algunas
veces bruscamente,podía sólo dar testimonio de la secreta
repugnancia que le causaba sucasi servil situación.
Esta resplandeciente beldad llena de encanto y de misterio,
tenía, cualfácilmente puede concebirse, numerosísimos y a
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