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Honor de Artista

grandesesperación del artista sin ventura. No tuvo, por último,
más que unmérito: murió al cabo de siete u ocho años, dejando a
Fabrice una niñaque por dicha no se parecía a su madre.
El joven marqués de Pierrepont, cuyo diletantismo ocupábase
casi conidéntico entusiasmo en las cosas del sport como en las
del arte, y queera un juez eximio en ambas materias, fue uno de
los primeros envislumbrar el gran porvenir que la fortuna
reservaba a Jacques Fabrice.Se habían conocido durante los
aciagos días del sitio de París, erancamaradas en la misma
compañía de uno de los regimientos de marcha yhabían sido
también compañeros de ambulancia, los dos heridos en labatalla
de Châtillon. Como resultado de estas relaciones, empezó
elmarqués a frecuentar el taller de su nuevo amigo, haciéndose
desde estemomento el apologista de su talento en la buena
sociedad, talentotodavía o ignorado, o discutido. Así, con el
transcurso del tiempo,habíase venido a formar entre ellos una
amistad tan estrecha y confiada,cual puede ella serlo tratándose
de dos hombres por naturaleza altivos yreservados.
Pedro de Pierrepont procuró varias veces, aunque sin éxito,
convencer asu tía de que se dejase retratar por su amigo,
garantizándole sucompetencia e indiscutibles méritos,
insinuándole que sería honroso paraella, y al mismo tiempo
económico, ser una de las primeras en darrelieve a un artista
llamado a alcanzar ruidosa reputación.
—Mira—le contestaba la tía—, me parece mejor aguardar a
que esacelebridad se haya hecho por ministerio del prójimo; a
mí no me gustaservir de muestra.
Pero los triunfos que en el salón de 1875 obtuvieron los
cuadros deFabrice decidieron a la desconfiada baronesa,
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