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BIBLIOTECA de LA NACIÓN

OCTAVIO FEUILLET

—————

HONOR DE ARTISTA

BUENOS AIRES

1919

Derechos reservados.

Imp. de LA NACIÓN.—Buenos Aires

ÍNDICE

I. —Pedro de Pierrepont

II. —Fabrice

III. —Beatriz

IV. —Aquellas señoritas

V. —La vizcondesa de Aymaret

VI. —El secreto de Pedro

VII. —Rivales

VIII. —Marcela

IX. —Gustavo Calvat

X. —Confidencias

XI. —«Fin de siglo»

XII. —Del palco del Teatro Francés

XIII. —Pasión

XIV. —La apuesta

XV. —Honor de artista

I

PEDRO DE PIERREPONT

Uno de los más nobles nombres de la vieja Francia, el de los Odón dePierrepont, era llevado, y bien llevado, hacia 1875, por el marquésPedro Armando, quien frisaba entonces en los treinta años, y venía a serel último descendiente masculino de tan ilustre familia. Era el marquésuno de esos hombres que, por su bello y serio rostro, su gracia viril,su elegancia correcta y sencilla, hacía espontáneamente brotar de loslabios esta frase de trivial admiración: tiene porte de príncipe.

Y en efecto, difícil hubiera sido figurárselo detrás de un mostrador,midiendo seda en un almacén o desempeñando otra profesión cualquiera queno fuese la de diplomático o la de soldado, que son, al fin, oficios demagnate. Por otra parte, habíase podido apreciar de qué fuera capaz elmarqués de Pierrepont, vistiendo el uniforme militar, por cuanto en laguerra del

70

dio

pruebas

del

más

cumplido

valor,

volviendopacíficamente, una vez terminada aquélla, a emprender su vida habitualde parisiense y de dilettante a que lo impulsaban tendencias, gustos,falta de ambición, y un poco también el deseo de complacer a ciertaanciana tía, que no se contaba seguramente entre las fervientesadmiradoras de la república.

Era esta tía la baronesa de Montauron, por su familia Odón dePierrepont; cifraba en su apellido el más grande orgullo y era viuda ysin hijos, circunstancia que no la entristecía, puesto que, merced aella, proponíase disponer a su muerte en favor de su sobrino, de loscuantiosos bienes que heredara de su difunto marido, dando por estacombinación nuevo brillo a los un tanto deslustrados blasones de sucasa, porque sin que pudiera estrictamente decirse que los Pierrepont sehallasen arruinados, encontrábanse, de dos generaciones atrás, en menosque mediano estado de fortuna, sobre toda si se considera cuán grandesson las exigencias de la vida al uso de los tiempos que alcanzamos.

Una renta de escasas treinta mil libras fue todo lo que de la sucesiónpaterna pudo sacar el joven marqués, y si esta suma era suficiente paraasegurar su independencia, no era bastante ni aun adicionada con elligero suplemento que a título de aguinaldos dábale anualmente su tía,para llenar las necesidades de posición a que se veía obligado un hombrede su clase, representante de toda una estirpe de grandes señores.Ciertamente que la señora de Montauron, que tenía por su parte unaentrada anual de muy cerca de cuatrocientos mil francos, habría podidomuy bien no aguardar la hora de la muerte para dorar un poco el escudoheráldico de su sobrino, pero la dominaba una pasión todavía másdecisiva que el orgullo de raza, y esa pasión era el egoísmo. Verdad esque la vida un tanto estrecha que las circunstancias

obligaban

a

llevara

aquél,

mortificaba

grandemente la altivez de la vieja baronesa, pero,así y todo, no se resolvía a tomar sobre sí la obligación de mejorarlaen algo mediante

cualquier

leve

sacrificio

impuesto

a

sus

comodidadespersonales. Tenía esta señora, en la época de nuestro relato, cincuentaaños, y según cálculos que hiciera sobre ciertas estadísticas demortalidad, tenida en cuenta la longevidad de sus ascendientes, habíavenido a sacar en limpio que su existencia podría aún prolongarse cosade treinta años, por término medio. La humillación de ver al últimovarón de su raza reducido a estado relativamente precario por tan largoespacio de tiempo, era para ella prueba penosísima, pero la sola idea deverse obligada a vender su casa de la calle Varennes o sus bosques delos Genets, presentábase a su imaginación cual rasgo de rematada locura,y, en su afán de conciliar sentimientos tan contradictorios, dio en laidea de mejorar la suerte del marqués por el único expediente posible,que era casarlo con una rica heredera.

Tal era el fin que perseguía con vehemente anhelo la señora de Montauronen los momentos en que principia esta verídica historia. Seriaspreocupaciones atormentaban a la baronesa acerca de que su hermososobrino, como ella lo llamaba, quien, por otra parte, era muy buscado ensociedad, sobre todo por las damas, se prestase fácilmente a abandonarsu vida independiente y galante para doblar el cuello a la, maritalcoyunda, si bien debe observarse, como es bastante frecuente, que suelenser aquellos hombres más llamados por sus atractivos personales a másrápidas conquistas de femeninos corazones, precisamente los que menosimportancia dan a su envidiable fortuna: indiferentes hacia triunfospara ellos fáciles, carecen en general de esa fatuidad, de eso quepudiéramos llamar furor galante, característico en aquellos otros de suscongéneres cuyas victorias sobre el bello sexo débenlas únicamente a laconstante lucha contra un modo de ser moral y físico en que no abundancomo don natural los atractivos. Mucho se hablaba de los éxitosobtenidos en esas lides por el marqués de Pierrepont, si bien él,conduciéndose con caballeresca discreción, jamás confesó ninguno, pormás que en lo que se decía mucho debía haber de verídico y auténtico; enresumen, no era un libertino, y aun puede asegurarse que había en él unfondo de seria dignidad que comenzaba a alarmarse de esos devaneos aque tarde o temprano lleva fatalmente la soltería.

Y como prueba de lo que venimos diciendo, manifestaremos que departiendoacerca de estos escabrosos particulares con el pintor Jacques Fabrice, acuya casa solía ir por las tardes con el fin de tomar una taza de te yfumar un cigarrillo, se expresaba en estos términos el señor dePierrepont, dirigiéndose a su amigo:

—¿Sabes lo que me pasa? Hoy cumplo treinta y un años.

—Hermosa edad—replicó el pintor, que dibujaba al amparo de la ampliapantalla de su lámpara.

—Es, en efecto, una hermosa edad—continuó el señor de Pierrepont—; esla edad en que el hombre se halla en la plenitud de sus facultades, peroes al mismo tiempo una hora crítica, una hora decisiva en la vida ysobre todo en la vida de un ocioso, de un simple dilettante como yo. Meencuentro en esa fatídica línea que separa la juventud de la edadmadura... Si resbalo, en ese período de la existencia, llevando a él laspasiones y los hábitos de los pasados días, no puedo hacerme ilusionessobre el porvenir que me espera... Me parece que tengo algunas nocionessiquiera de honor y de buen gusto... además, profeso instintivo horror atodo lo que es falso y bajo... y, sin embargo, si me abandono al ciegodestino en estos momentos de crisis, vislumbro un futuro que hiere todasmis singulares aprensiones...

Entreveo en el horizonte amores dedecadencia, una juventud artificial obstinándose en combatir en vanocontra las advertencias

y

las

humillaciones

de

la

edad...

secretasoperaciones de tocador tan vergonzosas como inútiles...

alguna viejaamante legítima in extremis... y otras mil cosas del mismo género, a lascuales, es cierto, amigo mío, que en nada me cedían cuanto a delicadeza,han concluído por resignarse mansamente... Pues bien, mi buen Fabrice,cuanto más reflexiono acerca del medio de escapar a este triste futuro,tanto más me convenzo de que no hay otro medio sino seguir la trilladasenda de nuestros antecesores.

—¡Ah! ¡Ah!—dijo Fabrice.

—¡Naturalmente!—exclamó Pedro—; el matrimonio, sin duda que elmatrimonio tiene sus inconvenientes, sus tristezas, sus peligros, pero,así y todo, es el mejor abrigo en que un hombre puede pasar tranquilo lavejez y aguardar la muerte sin deshonrar sus canas.

El pintor dio un hondo suspiro sin responder a Pedro.

—Dispénsame—le dijo su amigo—. Este asunto te enoja con razón. Nodebiera haberlo olvidado.

—Mi experiencia personal es muy triste a este respecto; tú lo sabrás,Pedro—contestó el pintor—; pero, después de todo, eso no quiere decirnada... Hice un matrimonio de loco... en fin, no me arrepiento, porque,al cabo, tengo a mi hija.

—Precisamente—añadió Pierrepont—, tienes una hija... yo también puedotener otra, tal vez un hijo, y ésos son afectos, distracciones quehacen olvidar a un hombre el eterno femenino: digo más: pueden revestirde cierto prestigio la edad madura de la vida... Es hermoso ver a unpadre todavía joven llevando a sus hijos de la mano a paseo... ¡Bueno!qué quieres, vas a admirar mi candor... pero... pero siento como un vagodeseo de amar siquiera una vez en la vida a una mujer honrada.

Los ojos del pintor se apartaron un momento del dibujo para fijarse conaire de extrañada simpatía en el bello rostro de su amigo.

—¡Vamos! ¡Ya! quieres ensayar un segundo estilo... quieres saber si enmateria de amor, hay algo más superior, algo que aventaje a eso que enlenguaje de mostrador se llama bisutería. Y

bien, ¿qué te falta pararealizar tan poético ensueño?

—Una mujer.

—Exactamente. Pero me parece que con tu nombre, tu porvenir... tusatractivos personales, si me permites que así me exprese, no te serádifícil encontrarla con sólo quererlo.

—No sólo con quererlo yo; es preciso que también lo quiera mi tía.

—¿No me has dicho que tu tía deseaba casarte lo más pronto posible?

—Di mejor lo más ricamente posible—replicó el marqués acentuandoamargamente la frase—: mi tía sostiene que, siendo el matrimonio unapura lotería, de lo que solamente debe uno preocuparse es del dote,abandonando lo demás al azar... Te aseguro que yo no opino del mismomodo... Compréndeme bien: no me encuentro en situación de mirar condesdén los títulos de renta al tres por ciento... pero, sin embargo,desearía, que al mismo tiempo me ofreciera mi prometida ciertasgarantías de honor y de dicha... y todavía añado, garantíasexcepcionales... Ya tú sabes la educación que hoy reciben las niñas...eso aterra. Y

ahí tienes por qué mi matrimonio, aun deseándolo tanto mitía y yo, no acaba de salir de los limbos de la hipótesis... A propósitode mi tía: ¿vas a venir a los Genets? Mi tía me dice en su última cartaque cuándo puede contar contigo.

—A partir del 15 de agosto estoy libre y a sus órdenes.

—¡Magnífico! No la conoces, ¿es verdad?

—No, hijo, ni aun de retrato.

—Bien, ya te he dicho que como retrato, sería... ¿cómo te diría yo?...sería... un poco ingrata.

—Ya trataré de conquistarla.

—Tendrás méritos si lo consigues.

—Hasta la vista, pues.

—Hasta la vista, adiós.

II

FABRICE

¿Hay en el arte especial del pintor, en esa vida solitaria,semiclaustral que su profesión le impone, en esa afanosa carrera en posde un tipo de absoluta belleza, jamás alcanzado, alguna secreta virtudque eleve su espíritu, que depure su moral personalidad? No lo sé, masno me engañaría si asegurase que suelen encontrarse en los talleres delpintor, con más frecuencia que en cualquier otro sitio, esas almascandorosas y graves, esos corazones sencillos, rectos y altivos que tanalto hablan en honor de la humana especie; y sin que pretenda dar a miobservación la fuerza de una verdad axiomática, que sería irracional einjusta, puedo decir en conciencia, que pocos caracteres podríancompararse en nobleza con los de algunos artistas a quienes muy de cercahe conocido.

Los orígenes de Jacques Fabrice eran humildísimos.

Desempeñaba su padre modesto empleo en una de las alcaldías de París, y,aunque murió joven, vivió, sin embargo, lo bastante para contrariar portodos los medios la precoz disposición que para las artes del dibujomostrara el niño. Ocupábase la madre en la, confección de floresartificiales, y dotada de más delicado instinto, simpatizabasecretamente con los gustos de su hijo. Una vez viuda, consiguió enbreve hallar el camino de procurar a éste la indispensable enseñanzaartística, alentándolo al propio tiempo en su noble vocación; y contabael muchacho apenas quince años, cuando ya podía ayudar a la madre enlos breves gastos de su pobre hogar, pintando para el caso muestras detienda, en los estrechos intervalos que le dejaba el aprendizaje. Díceseque fue viéndole trabajar en la fachada de cierta miserable taberna deMeudon, donde uno de los príncipes de la pintura contemporánea echó dever sus méritos, y tal afecto le cobró a poco, que no sólo lo recibió ensu taller, sino lo que es más, dos años después llevólo consigo aItalia. Tuvo la madre de nuestro Fabrice la dicha inefable de presenciarlos triunfos primeros de su hijo, quien le debía en parte no sólo lanaciente nombradía, si que también esa atractiva mezcla de suavidad y deenergía que es la natural y conmovedora consecuencia de ese doble papelde protegidos y de protectores que nos hacen, tantas veces jugar losacontecimientos.

No fue, sin embargo, hasta después del admirable cuadro que en el salónde 1875 expuso Jacques Fabrice, que su reputación quedó sentada cualhecho indiscutible; hasta entonces la fama de su competencia no habíatraslucido fuera de un limitado círculo de amigos y de admiradores,porque su trabajo, lento y concienzudo hasta la nimiedad, su gustodifícil, su horror a lo vulgar, en una palabra, su probidad artística,fueron causas que retardaron esa revelación brillante de su luminosotalento.

Por otra parte, había tenido que luchar en los comienzos de su carreracon abrumadores pesares. Una ligereza de juventud lo impulsó en susveintidós años a contraer matrimonio con la hermana de uno de suscompañeros de taller: era ésta una muchacha bonitilla que parecíaarrancada de un cuadro de Creuze, y como la madre de nuestro pintor,obrera en flores.

Fabrice la veía trabajar asiduamente en su ventana, yparecíale al incauto artista que ella fuese la imagen misma de la dichay de las domésticas virtudes, y forjóse un idilio, barajando en eldesvarío de su inexperiencia la alianza de la casta pobreza con lanaciente fortuna. Casóse, pues, con ella, y todos los tormentos que unainteligencia predestinada, todas las amarguras que un alma delicadapuede sufrir al contacto permanente de la vulgaridad de espíritu y de labajeza de carácter, todo eso lo sufrió Fabrice al lado de esa preciosacriatura. Incapaz de comprender siquiera las altas condiciones delartista, le reprochaba sin cesar con gritos de furia, la lentitud de susestudios, la serena conciencia que ponía en su trabajo, impulsándolo ala premura productiva de la ruin producción comercial, y aun se dio casode llevar ella misma ávidos mercaderes al taller de su propio marido,ausente éste, vendiéndoles a vil precio no acabados cuadros, con grandesesperación del artista sin ventura. No tuvo, por último, más que unmérito: murió al cabo de siete u ocho años, dejando a Fabrice una niñaque por dicha no se parecía a su madre.

El joven marqués de Pierrepont, cuyo diletantismo ocupábase casi conidéntico entusiasmo en las cosas del sport como en las del arte, y queera un juez eximio en ambas materias, fue uno de los primeros envislumbrar el gran porvenir que la fortuna reservaba a Jacques Fabrice.Se habían conocido durante los aciagos días del sitio de París, erancamaradas en la misma compañía de uno de los regimientos de marcha yhabían sido también compañeros de ambulancia, los dos heridos en labatalla de Châtillon. Como resultado de estas relaciones, empezó elmarqués a frecuentar el taller de su nuevo amigo, haciéndose desde estemomento el apologista de su talento en la buena sociedad, talentotodavía o ignorado, o discutido. Así, con el transcurso del tiempo,habíase venido a formar entre ellos una amistad tan estrecha y confiada,cual puede ella serlo tratándose de dos hombres por naturaleza altivos yreservados.

Pedro de Pierrepont procuró varias veces, aunque sin éxito, convencer asu tía de que se dejase retratar por su amigo, garantizándole

sucompetencia

e

indiscutibles

méritos,

insinuándole que sería honroso paraella, y al mismo tiempo económico, ser una de las primeras en darrelieve a un artista llamado a alcanzar ruidosa reputación.

—Mira—le contestaba la tía—, me parece mejor aguardar a que esacelebridad se haya hecho por ministerio del prójimo; a mí no me gustaservir de muestra.

Pero los triunfos que en el salón de 1875 obtuvieron los cuadros deFabrice decidieron a la desconfiada baronesa, dignándose por fin otorgarsu protección a un hombre que precisamente ya en aquellos momentos paranada la necesitaba; pero el hecho fue que al cabo se resolvió, y despuésde ardua y detenida conferencia con Pierrepont, tuvo a bien invitar alpintor a que fuera a pasar algunas semanas en los Genets, donde ellapodría entregarse a las molestias consiguientes a tal operación, con máscomodidad y espacio que en París.

Por consecuencia de tan alta merced, Fabrice debía, según ya dijimos,trasladarse a la susodicha posesión, en el departamento de Orne, parareunirse allí con el marqués, una vez vuelto éste de las carreras deDeauville.

III

BEATRIZ

La baronesa de Montauron, en cuya casa vamos a penetrar, siguiendo lospasos de su sobrino el marqués de Pierrepont, era una mujer de muchotalento y gracia suma, pero sin corazón: había hallado, sin embargo,modo de crearse sólida reputación de alma generosa, recogiendo ciertajoven huérfana, lejana pariente de su marido, la cual huérfana le servíade lectriz, de enfermera y aun un poco de doncella.

Beatriz de Sardonne, era hija del conde de su apellido a quien lascarreras de caballos principiaron a arruinar, rematándolo la Bolsa;murió, pues, dejando a su hija con mil francos de renta, y dicho se estáque mil francos de renta son la miseria o el convento. La señora deMontauron, que envejecía en tiempo y declinaba en salud, hacía fecha quepensaba en procurarse una señorita de compañía que aliviase el peso desu soledad y la carga de sus enfermedades. Deseaba, naturalmente, quedicha señorita fuese distinguida, y esto por decoro de su casa ynombre: quería también que la candidata tuviera buen carácter(circunstancia más que esencial, indispensable, créanos el lector, paraestar a su lado). Exigía que fuera hermosa, a fin de que su presenciaviniese a ser como un cebo para el sexo fuerte, de cuyos atractivoshabía sido siempre la baronesa devota fervientísima. La señorita deSardonne parecía responder a la perfección a tan varias exigencias,puesto que era de ilustre cuna, perfecta distinción y soberana belleza,y aun hay quien dice que demasiado soberana en sentir de la baronesa,pero era necesario ser indulgente en algo, dado que las señoritas decompañía no pueden mandarse hacer, como los sombreros. Era la señoritade Sardonne de bastante estatura, pero lo que sobre todo la hacíaadmirar era su magnífico aire: una reina. Ojos de obscuro purísimo azul,tez ligeramente morena, y al sonreír dos hoyuelos se abrían en susmejillas. ¡Detalle por cierto encantador! Su traje tenía que ser porfuerza muy sencillo; casi siempre un vestido negro sin adornos; algunasveces lo cambiaba por otro tornasolado que modelaba finamente susoberbio busto de diosa, realzando cada uno de sus movimientos a unmetálico rielar.

Circunspecta por carácter y posición, no hablaba nuncamás que para responder con breve urbanidad a las preguntas que se ledirigían, y obedecía, si no con paciencia, al menos con calmaimperturbable las con frecuencia mortificantes órdenes y tiránicoscaprichos de la baronesa: un imperceptible vertical pliegue entre losdos arcos de sus cejas, que se acentuaba algunas veces bruscamente,podía sólo dar testimonio de la secreta repugnancia que le causaba sucasi servil situación.

Esta resplandeciente beldad llena de encanto y de misterio, tenía, cualfácilmente puede concebirse, numerosísimos y a veces no muy delicadosapreciadores entre los jóvenes y viejos amigos de la casa, pero la gravedecencia, la fría reserva de la señorita de Sardonne derrotaban prestotan sospechosos homenajes. Tal vez en la ingenuidad de su alma, en latranquila conciencia de su belleza, pudo quizás ella creer que algunasde estas adoraciones eran dictadas por leales sentimientos, porconfesables intenciones, mas con su rápida y fina penetración de mujer,no tardó en comprender que todos estos postulantes que sin respiro laasediaban, aspiraban a todo, menos a su mano, y esta conviccióndiariamente ratificada concluyó por añadir a la honda melancolía queminaba el corazón de la huérfana, la sensación cruel del más acerbodesprecio. Y además, aun cuando ella no hubiese tenido tan alto ymerecido concepto de sí propia, aun cuando ella no hubiese sido la hijadel conde de Sardonne, contra las asechanzas más o menos tácitas de quepudieran hacerla blanco, tenía nuestra interesante huérfana broquel mástemplado que el desprecio, escudo más noble todavía que el honor mismo,porque la señorita de Sardonne había ya hecho a alguien merced de sualma.

Es muy raro, en efecto, que una joven no haya escogido, aun desde lainfancia, allá en el secreto de su pensamiento, al hombre a que daría sumano, si bien es cierto que sus secretos votos rara vez se realizarán alcompás de su voluntad. Encuentra ella siempre entre las personas quefrecuenta, una determinada, respondiendo perfectamente al ideal que lamujer se forja del marido, es decir, del novio, porque en esta dichosaedad las dos palabras son sinónimas. Apenas contaba doce años Beatriz deSardonne, cuando ya paró mientes en la acogida excepcionalmentefavorable que en su familia y sociedad se hiciera a cierto joven vecinodel campo que pasaba en París los inviernos. Era evidente para la niñaque sus tías, sus primas, su mamá misma se conmovían más que deordinario cuando el susodicho anunciaba una de sus visitas, hasta elpunto que la conversación, con frecuencia lánguida aun entre mujeres enel campo, animábase de súbito.

No podía dudarse que la próxima llegada del esperado huésped despertabaen aquellos femeniles corazones grata emoción, y hasta se corría a lasventanas para espiar su venida: en fin, cuando Pedro de Pierrepontaparecía con su aire de príncipe, haciendo caracolear su caballo entorno del césped del jardín, las señoras acudían radiantes al patio,mientras que la señorita de Sardonne, observando las cosas a través delfollaje, sentía que su joven corazón se agitaba en su pecho conpalpitaciones a su edad proporcionadas.

Las impresiones de la niña, creciendo con ella, fueron tomando de añoen año más profundo y reflexivo carácter. El marqués de Pierrepont erauniversalmente considerado como el prototipo del caballero, del hombreseductor, pero para Beatriz fue más todavía, porque su educación, susgustos, sus preocupaciones

mismas,

la

predisponían

más

que

a

personaalguna a admirar aquella graciosa figura del gentilhombre, aquel ser,por decirlo así, de lujo, que parecía moldeado en diferente arcilla quelos hombres humanos y creado únicamente para nobles ocupaciones yelegantes quehaceres: guerra, caza, letras, amor.

Los sentimientos de la señorita de Sardonne por Pedro de Pierreponthabíanse ido desenvolviendo poco a poco hasta llegar a la adoración,adoración que la niña guardaba cual en un santuario, en el más ocultorincón de su casto pecho, sin que Pedro lo sospechara siquiera, puestenía por las jóvenes de la edad de Beatriz el desprecio propio en unhombre de su temple y años.

Próximamente diez y siete tenía la señorita de Sardonne cuando viéndosesus padres al borde del abismo, donde los restos de su fortuna iban aperderse, retiráronse bruscamente del mundo, no conservando relacionessino con dos o tres muy íntimos amigos. El marqués de Pierrepont,después de dos o tres infructuosas tentativas para forzar la consigna,había creído delicado no insistir, así, pues, perdió de vista a estafamilia, sabiendo luego su total naufragio y la muerte del conde y lacondesa. En consecuencia, no volvió a ver a Beatriz hasta el momento desu entrada en casa de la señora de Montauron bajo los tristes auspiciosde prima en la miseria, de señorita de compañía; de comodín, en fin. Muylejos estaba ciertamente de sospechar el marqués que a él se debiera engran parte, quizás en todo, que la señorita Sardonne hubiera preferidoal convento la casa de la baronesa, pero era de un natural demasiadogeneroso para no sentirse conmovido ante tal infortunio, aun cuando élno se hubiera presentado de por sí bajo formas tan dramáticas yatractivas.

Observábase que ponía particular empeño en realzar a fuerza derespetuosas consideraciones la humillante situación de la huérfana; peroal mismo tiempo parecía como que evitaba toda clase de intimidad conella, y lo que es más, manifestábale habitualmente una reserva vecina ala frialdad, cual si desconfiara ora de ella, ora de sí propio.

Tales eran las recíprocas relaciones de estas dos personalidades en losdías en que Pierrepont llegó a la posesión de los Genets, precediendo enalgunos a su amigo Jacques Fabrice.

Los Genets era una antigua propiedad de aquella familia que había sidoen parte destruída y en parte vendida, durante el períodorevolucionario, y sólo al cabo de cincuenta años decidióse el barón deMontauron, a instancias de su mujer, de quien aquél era el más seguro yel más humilde servidor, a rescatar en gran precio las tierras,restaurando al mismo tiempo el arruinado edificio, del cual no quedaba,otra cosa más que una hermosa y almenada torre sacrílegamenteencuadrada entre dos construcciones

modernas.

El

conjunto,

a

pesar

de

suirregularidad arquitectónica, no dejaba de ser imponente, y grandesavenidas de hayas, un parque y bosques cruzados por un afluente delOrne, acababan de dar a esta habitación eso que