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Hitler en Centroamérica

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moradas, con el fin de ahorrarse unos cincos, se apresuraron a morir, antes de que la
nueva ley se implantara, para no tener que vivir en tan incómodas condiciones.
-¿Y se acabó el problema?- me preguntó un poco sin esperanza mi acompañante, quien
quería volver a dormir.
-No, le respondí con consistencia- la nueva ley, como la revolución obrera en Rusia, que
tanto interesó a mi pobre abuela, no trajo la igualdad social. Si no se podía ir hacia arriba,
pensaron algunos, se haría a lo ancho, con lápidas más gruesas. Algunas de ellas eran
solo de cemento, otras combinaban loza de piso y cemento; muchas, cemento y mármol,
y las más grandes, el más pesado mármol o el último grito de la moda: granito azul. Pero
existían tipos distintos, los mejores importados de Italia. Los de clase media, optaban,
por un material brasileño de inferior calidad y los más pobres, ¡horror de los horrores!, el
mármol guatemalteco. Obviamente, el capital que había hecho el difunto o la difunta
quedaba impregnado en la roca. Ciertas bóvedas valían tanto que atraían a ladronzuelos.
Esto cuando había suerte. En muchas ocasiones, los vecinos del barrio tiraban, en medio
del funeral, piedras para recordar a los judíos que, ni muertos, tendrían paz.
-Es el sueño más absurdo que has tenido, ¿a quién le importaría impresionar con las
tumbas? Con razón no puedes dormir bien- me replicó un soñoliento escucha.
-No, sí competían, por lo menos en mi cabeza- repliqué.
Para los que carecían de medios, los epitafios repararían la humillación. "Fuisteis la
princesa de nuestro hogar”- decía uno en español y en hebreo. La lápida contigua no se
iba a quedar atrás: "A la reina de nuestra felicidad". Más allá, otra quiso dejar las cosas
claras: "La zarina de nuestras alegrías". En el caso de los hombres, ninguno era
"príncipe”- "rey" o "zar" sino "rectos”- "amorosos”- "justos" y "sabios". Había uno
ambiguo porque no se sabía si era un recordatorio del difunto o una admonición post
mortem: "El sabio de corazón es llamado el hombre sensato y la dulzura de sus labios
incrementa sus esperanzas (Proverbios 16-21)”.
En medio de esta gesta, pude recordar a mi madre que, consciente de las atribuciones
masculinas, solía decirme, cuando hacíamos visita, que aún los más ganufen tenían
epitafios que realzaban su honestidad y su rectitud. "Pero madre, también hay un montón
de curves a las que se describe como santas”- le contestaba para emparejar las críticas por
género.
Elena no se daba por derrotada. Ignoraba mi comentario y se reía de la tumba de don
Abraham, a quien su mujer le había escrito que era el hombre más sabio sobre la tierra y
el "grandísimo cabrón no sabía más que escribir cheques". Por mi parte, le mostré la de
doña Mishke que era enana y habían anotado "a la paloma de alto vuelo". Elena me
indic que la tumba del seor Guasesteyn decía que era "una alma generosa”- cuando
todos sabían que un gran ganef que se dedicaba a estafar a los judíos pobres,
comprándoles tiendas antes de que se murieran y no pagando después.
En mi pesadilla, los más pobres, que nunca faltan, se vengaban con los números. A los
cementerios judíos no se puede llevar flores, pero nadie dijo nada sobre sembrar plantas.
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