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Hitler en Centroamérica

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Cuando entré, me topé con un horrible monumento de cemento y mármol, proyecto que
financió el grupo Yad Vashem y que honra a los seis millones de judíos asesinados por
Hitler y los nazis. Se calificaba a sí mismo como "el primero en las Américas de las
víctimas del Holocausto" y tiene como lema "¡Recordar es nuestro deber! ¡Nunca jamás!
Nuestro Grito". Éste contiene dos columnas y, entre ambas, la estrella de David. Una con
una figura romboide adicional cuyo simbolismo es mejor dejar inexplorado.
-¿Pero existe en realidad esa obra?- indagó mi amigo.
-Que existe, existe y es un monumento tan feo que asusta en las pesadillas.
A la par, descansaba una pila de agua para que los visitantes, al salir del panteón, se
lavaran las manos, porque la visita, como la menstruación, requiere limpieza ritual. A
continuación, divisé un montón de piedras para colocarlas en las tumbas. Ésta fue
donada, según recuerdo, por Masha Teitelbaum de Scharf. Inmediatamente, seguían las
pequeñas secciones de tumbas, ordenadas de acuerdo con cierto orden cronológico.
Las más antiguas, a la derecha, era fácil de reconocer por lo sencillo de sus acabados, el
uso de árboles caídos, para simbolizar la vida truncada de los jóvenes, como ilustración y
en lugar de mármol, el cemento. Varias criptas eran de personas que murieron en su paso
por el país. Los nombres de los difuntos se han borrado de las lápidas más antiguas,
arrebatándoles hasta la más modesta forma de inmortalidad. En estas secciones más
iniciales, algunas familias habían hecho "reservaciones" y compraron lotes para enterrar a
sus difuntos. De esta manera, los que murieron en décadas distintas podían descansar
juntos. En el caso de mis abuelos, no fue previsto. Es más mi abuela solía advertirnos
que "les vengo a jalar las patas si me entierran a la par de ese hombre".
En los años setentas, un espíritu competitivo guiaba el diseño de cada lápida: una especie
de gesta se desarrolló, aunque los participantes, en vez de víctimas potenciales del juego,
estaban todos muertos. Las bóvedas, nada contentas con permanecer en el suelo,
empezaron a crecer hacia el cielo, en una réplica de la ciudad de Nueva York. Cada
familia quería que la de su difunto tuviera más altura. De ahí que subían como la
inflación. La gente empezó a perderse porque una lápida tapaba hasta cuatro filas; en
otras ocasiones, los Empire States, mataban a las pobres plantas.
"Moishele”- decía una visitante a otro, "¿no puedes cortar un poco la estrella de David
para poder sembrar rosas? ¿No ves que la tumba de tu madre es tan alta, que no le llega
luz a la de mi abuela?" Otros, se quejaban de que algunos difuntos que por mala suerte no
habían quedado juntos, no podían hablar: "Yudko, la tumba de tu padre tiene una Menorá
tan alta que la de mi padre, que está atrás, no puede comunicarse con mi madre". Yudko,
por su parte respondía, como buen judío, con otra pregunta: "Si ellos no se hablaban
cuando vivos, ¿para qué quiere que lo hagan ahora?"
Las polémicas llegaron a un punto tan caliente, que una mujer sabia sugirió la decisión
salomónica de volar cuchilla y prohibir que ninguna alcanzara más de metro y medio de
altura. La nueva ley empezaría a regir a partir del año siguiente y las malas lenguas, que
nunca faltan, decían que muchos viejecitos que habían pagado por el diseño de sus
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