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Hitler en Centroamérica

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PRÓLOGO
"Se acaban los Sikora, se acaban los Sikora!”- fue el grito que pegué antes de
despertarme. Había tenido un largo sueño, lleno de imágenes extrañas que empezaban en
el campo santo judío. Nuestra familia crecía en el cementerio y me soñé que construían
dos o tres nuevas criptas mientras otras estaban aún frescas, como mal planeadas
ciudadelas-hongo de los muertos. A como iba la cosa, habríamos más adentro que
afuera. Mientras los Schifter se reproducían como cuilos, observé en la pesadilla, mi lado
materno se encogía hasta desaparecer. Héctor me pidió que me calmara y dejara de pegar
alaridos porque aún quedaban algunos parientes de mi madre.
"Es cierto que algunos medio tarados sobreviven pero también hay algunos que pueden
continuar la especie”- me dijo para tranquilizarme "¿Me estás diciendo que tuve una
pesadilla?”- pregunté incrédulo. "Una más de las que has tenido esta semana”- fue su
respuesta. Sin embargo, había sido tan real que no estaba seguro de cuál era más cierta.
"Me imagino -me dijo él- que no podrás volver a dormir. Pues contame, otra vez, lo que
soaste para ver si conciliás el sueo”- fue la receta ordinaria de un compañero nada
entusiasmado con tanta aventura onírica.
Todo había empezado -le expliqué- en el campo santo israelita de Costa Rica, con sus
tapias de ladrillo rojo, situado al suroeste de la ciudad capital, detrás de la gran necrópolis
católica, El Cementerio Obrero de San José, y no muy lejos del de los protestantes, el
Cementerio Extranjero. Observé el momento en que la propiedad fue adquirida el 19 de
abril de 1931, debido, afortunadamente, a la intervención, entre otros, de mi abuelo David
Sikora. Noté cuando firmó y pagó con un cheque al portador en nombre de los pocos
judíos que había en el país. Le dijo al vendedor que como esperaba traer a su mujer en el
futuro, quería tener un lote especial para ella. "Si la tengo que estrangular, no la voy a
dejar en la calle”- le comentó.
Pude observar una reunión de la Jevra Kadishe cuando se estableció ese mismo día y el 9
de octubre de 1932, el primer entierro. Mi abuelo estaba feliz: "Ven lo que les dije, que
había que ser precavido. Ya tenemos a nuestro primer inquilino". "El hombre es un
afortunado”- le contestó don José, otro paisano, "porque compró este terreno en una
ganga". "Sí" -replicó mi abuelo- "imagínate lo que costará vivir aquí en cincuenta años".
En otro sueño, me vi en la época actual, ingresando solo en el cementerio. En cinco
décadas, el lugar ha crecido. Cientos yacen en él, inclusive mi madre que murió el 2 de
octubre de 1985. Hice la visita porque quería cerciorarme del lugar de nacimiento de mis
parientes para una novela que quería escribir.
-Pero si no escribís ficción- me cuestionó mi compañero de desvelos.
-Sí en este sueño- afirmé.
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