No había como equivocarse sobre el acento de su voz y la
expresión de susemblante, el sentimiento que la animaba era
claramente el del desdénmás frío e implacable. El señor de
Monthélin debió convencerse de queaquella ocasión habíala
olfateado mal. Sólo le quedaba hacer unaretirada honrosa.
—Creo—dijo—que el señor de Lerne sale de aquí... Vamos ¡él
se venga,es en buena guerra!
—Tomó su sombrero, se inclinó profundamente y ganó la
puerta.
Juana, al quedarse sola, comprendió por primera vez, el
peligro real yodioso que había corrido casi inconscientemente.
Diose cuenta de que enpocos días, tal vez en algunas horas, por
desalientos, por indolencia,habría llegado a ser, sin amor, sin
amistad, sin excusa, la víctimainerte y estúpida de aquel cobarde
libertino. Comprendió cuan cerca sehabía hallado del borde de
aquel abismo y lo lejos que de él se hallabaen aquel momento.
Díjose que las lágrimas que había derramado eranlágrimas de
felicidad; y como transportada de alegría, echando haciaatrás
con sus dos manos su abundante cabellera, murmuró:
—¡Estoy salvada!
Es inútil decir a nuestros lectores, y sobre todo a nuestras
lectoras,que desde aquella tarde, y sin más explicaciones, se
estableció unaamistad regular y de las más estrechas, entre
Juana de Maurescamp yJacobo de Lerne.
Juana entró desde entonces en una nueva faz de su vida, llena
dedelicias. Sentíase renacer; volvía a tener ilusiones, creencias,
y esosimpulsos entusiastas que habían encantado su juventud;
recobraba susalas. Veía realizado su sueño en aquel sentimiento
