y se apostó resueltamentedelante de ella ladrando furiosamente,
y aun atacando a su enemigo.
No hay nada que desconcierte tanto a un galanteador de
damas, sobre todocuando tiene pretensiones a sus favores como
un pequeño incidente de esaespecie. Juana de Maurescamp, que
era tan sagaz como cualquier otra, yaun más, no, pudo dejar de
reírse del contraste que ofrecía el señor deMonthélin con su
expresión amable y la inquietud manifiesta que lecausaba la
agresión de Toby. Así fue como Toby, cual si estuviese enel
complot de la señora de Lerne, contribuyó a su-buen éxito con
suhumilde contingente.
Después de aquel estreno comprendió Monthélin que una
escena de amor eraimposible. Limitose, pues, aquel día a tocar
ligera y melancólicamentelo concerniente al amor, y resignose a
acariciar a Toby, puesto que nopodía ahogarlo.
V
Al día siguiente, al subir al cupé de su marido para ir a casa de
Lerne,sentíase Juana agitada. Habíale preocupado mucho el traje
que llevaría;después de muchas reflexiones, decidiose a ponerse
un traje austero, enarmonía con la gravedad del rol que iba a
desempeñar aquella noche.
Púsose únicamente un vestido de terciopelo punzó, obscuro.
Era lástimaque sus brazos y hombros quedasen al descubierto en
su deslumbrantedesnudez; la severidad de su actitud sufría una
alteración. Pero nopodía hacerlo de otro modo.
En la mesa fue colocada a la izquierda de Jacobo, que tenía a
su derechaa la señora de Hermany. Como había acalorado un
poco su imaginaciónsobre el culto secreto que le consagraba el
joven, no dejó de parece ríeal principio que aquel culto era por
