El señor de Maurescamp, extremadamente pálido, miraba a de
Sontis yesperaba.
El oficial de cazadores vacilaba, interrogando con seriedad los
ojos deJuana.
—Y bien—díjole.—¿De qué tiene usted miedo?
No vaciló más; tomó el cigarro que le presentaba la joven y lo
pusoentre sus labios.
En el mismo instante, el barón de Maurescamp sacaba el que
tenía en laboca y se lo arrojaba a la cara al señor de Sontis,
diciéndole:
—Concluya también el mío, capitán.
El cigarro, a medio fumar, fue a dar en el rostro del
capitán,despidiendo algunas chispas.
Todos se habían puesto de pie. Juana, en medio de la
confusión y estuporgeneral, completamente despejada, de pie
también, fría, impasible, seapoyaba con una mano en una silla.
Su bella fisonomía, que hemos vistotan pura y delicada, parecía
cubierta con la máscara de Tisofona;expresaba esa mezcla de
horror y alegría salvaje, que debió verse en lafrente encantadora
de María Estuardo, cuando oyó la explosión que lavengaba del
asesino de Rizzio.
En seguida de esta escena, cuyas consecuencias amenazaban
ser trágicas,la mayor parte de los invitados se eclipsaron
discretamente; los vecinosde la campaña tomaron sus carruajes,
precipitadamente, y los otros eltren de la tarde para irse a París.
En el castillo, sólo quedaron losamigos más íntimos. El capitán
había sido, naturalmente, el primero quese retirara. Había ido a
