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Historia de una Parisiense

tomadas de la manoy sin hablar sentíanse como adormecidas por
un suave entorpecimiento delos sentidos.
Era un poco más de las cinco de la tarde, cuando Juana se
enderezórepentinamente; había vuelto a oír resonar el timbre del
vestíbulo.
—Esta vez sí... ahí está—dijo.
Dos minutos pasaron; Juana y su madre estaban paradas con la
vista fijaen la puerta del vestíbulo. Un sirviente apareció con
una bandeja en lamano.
—Es un despacho para la señora—dijo.
—Dadme—dijo Juana adelantándose dos pasos.
Esperó que el sirviente se hubiese retirado, y, sin abrir el
telegramamiró a su madre.
—¡Déjame abrirle!—murmuró la señora de Latour-Mesnil
tratando de tomarel telegrama.
—No—dijo la joven sonriendo—, tendré valor. ¡Bah!
Rompió el sobre azul. Apenas hubo echado una mirada sobre
su contenido,cuando se le cayó de las manos; su mirada quedó
fija, sus labios seagitaron convulsivamente; abrió en cruz sus
brazos, dio un gritoprolongado que se sintió por todo el palacio
y cayó redonda sobre laarena a los pies de su madre.
Mientras que los criados acudían al oír aquel grito siniestro, la
señorade Latour-Mesnil, desatinada, se arrojaba sobre su hija, y
al mismotiempo que le prodigaba sus cuidados, levantaba
febrilmente eltelegrama.
Esto fue, lo que leyó:
«Soignies, tres y media.
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