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Historia de una Parisiense

su hijo. Aquel silencio y suactitud airada no podían dejar a la
pobre mujer la menor ilusión.Sentíase atemorizada.
Sentía ese estupor de una persona herida por el rayo, en el
esplendor desu existencia, en su honor, en su inocencia; la
indignación de una mujerhonesta públicamente insultada, el
temor vago de una catástrofedesconocida, próxima y terrible. En
su tribulación sin nombre,permanecía silenciosa, esperando que
él hablase; pero en vano; y eltrayecto bastante corto de la
Avenida Gabriel a la Avenida de Alma, sepasó sin que una
palabra se hubiera cambiado entre ellos.
Juana, sin embargo, empezaba a despejar su espíritu,
naturalmentevaleroso, del caos de sentimientos en que la
primera sorpresa la habíasumergido. Atravesó con paso firme, a
la vista de tres o cuatro criadosinmóviles, el gran vestíbulo
sonoro de su palacio, y subió la escalera,silenciosa, pero llegado
que hubo al primer descanso de la escalera desus habitaciones,
se apercibió de que su marido seguía adelante:
—Perdón—le dijo—; hacedme el gusto de entrar ahí, tengo
que hablaros.
Dudó unos instantes; como la mayor parte de los hombres, no
gustaba deexplicaciones, pues en realidad era un carácter
violento, más bien quefuerte; el acento tranquilo de su mujer le
imponía, aunque le irritaba.Siguiola, pues, pero con más enojo
que antes.
Cerró la puerta, pasó al saloncito que estaba antes de su
dormitorio y,volviéndose hacia el barón y mirándole:
—Y bien, ¿qué es lo que hay?—dijo.
—Lo que hay, es que mataré a tu amante mañana por la
mañana, eso es loque hay.
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