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Historia de una Parisiense

alrededor aparéceme bajo una nueva luz, y todo revestidode una
belleza desconocida para mí... Es una niñería, pero hace
unmomento que paseándome por el bosque miraba los árboles...
que pasabanantes desapercibidos y decíame: «¡Qué cosa tan
bella es un árbol, quésólido es, qué elegante, cuan lleno de
vida!...» No hay un solo objetoen la naturaleza, desde la más
ligera hierba, que no me causeadmiración, y me deje en éxtasis.
Estoy segura... ¿no lo cree ustedtambién? de que todas las cosas
de este, mundo tienen dos fases, la unamaterial y hasta cierto
punto vulgar que es visible para todos; la otra,misteriosa e ideal,
que es el secreto y la revelación de Dios, y la queveo con los
ojos que es su obra de usted, amigo mío.
Mientras la escuchaba, sufriendo secretas agonías, la
fisonomía deJacobo había ido tomando una expresión dulce y
seria.
—Sí—dijo al fin, lentamente y la voz algo alterada mirándola
con unaternura infinita—, sí, debe haber un Dios y una vida
mejor... y almasinmortales, puesto que hay un ser como usted...
—¿Pero, qué tiene? ¡Gran Dios!—exclamó de pronto.
Creyó que estaba indispuesto: habíase puesto repentinamente
en extremopálido, y su mirada, dilatada en el espacio, estaba fija
como ante unaaparición aterradora. Volviéndose bruscamente
apercibió al señor deMaurescamp, apoyado en el marco de la
puerta de entrada al invernáculo;mirábalos fijamente y sus ojos
y facciones encendidas demostraban tantacólera, que el señor de
Lerne se levantó inmediatamente temiendo algúnacto de
violencia.
El señor de Maurescamp avanzó entonces a pasos mesurados,
luchandoevidentemente contra el desencadenamiento de sus
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