Not a member?     Existing members login below:

Historia de una Parisiense

Jacobo de Lerne,pretextando una cita por negocios, se apresuró
a substraerse a aquellasituación enojosa.
Diana Grey, así que se hubo ido, encendió un cigarrillo, y
tendiéndoseen un diván a la americana bebió su Oporto.
Apercibiose entonces de queMaurescamp estaba disgustado, y
para componer las cosas, le dijo, conligero acento:
—Mi gordo «boy», es muy interesante el amante de vuestra
mujer... tengoun capricho por él, ¿sabéis?
—¿Estáis ebria, Diana?—dijo Maurescamp poniéndose muy
encendido—.Estáis ebria, y os olvidáis de quien habláis.
—¿Porque hablo de vuestra mujer? ¿Pues no me habláis vos
también deella, querido amigo? Me habéis dicho que era un
hielo... ¡Un hielo! ¡Ah,qué bueno! ¿y habéis creído eso? ¡pobre
ángel! Es una cosa sumamentegraciosa que todos los maridos
crean que sus mujeres son de escarcha...¡Pero nosotras sabemos
que son todo lo contrario para sus amantes!
Y continuó arrojando bocanadas de humo de su cigarrillo por
entre suslabios rosados.
—Está completamente ebria—dijo uno de los convidados a
Maurescamp. Yes lástima, pues sin eso sería perfecta.
Una hora después, cuando todos hubiéronse ido, Diana
confesósecretamente a Maurescamp, que en efecto, estaba ebria,
y que porconsiguiente, todo lo que había dicho, no debía
tomarse en cuenta;después de lo cual pidió perdón y lo obtuvo.
Pero la señora de Maurescamp no obtuvo el suyo. Hacía ya
mucho tiempoque su marido no la amaba, y mucho tiempo que
había comenzado a odiarla.Porque en esa clase de
desinteligencia, es raro que el desacuerdo sedetenga en la
Remove