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Historia de una Parisiense

aprovecharse de ellas. Sabía mejor que nadie, que hay enla vida
de las mujeres esas horas de enervación y de presión
moral,horas, por decirlo así, sin defensa, de las que un hombre
de penetracióny atrevido sabe sacar terribles ventajas. Es así
como se explica quemujeres distinguidas lleguen a ser algunas
veces presa de la más vulgarde las galanterías.
El señor de Monthélin, que en su estrategia alrededor de la
señora deMaurescamp, esperaba hacía mucho tiempo esa hora
fatal con una pacienciay asiduidad felinas, juzgó que había
llegado al fin. Después de algunosinstantes de conversación
banal, a la cual Juana prestaba una atencióndistraída y lánguida,
acercó su silla al confidente donde estabarecostada y,
—Apenas me escucháis—dijo—. ¿Qué tenéis?
—Nada.
—¿Habéis llorado?
—Puede ser.
—¿No soy vuestro viejo amigo, para recibir la confidencia de
vuestraspenas?
—Yo no tengo penas... No sé lo que tengo...
Tomole con firmeza las dos manos acercándose más y
mirándola fijamente.
—¡Pobre hija mía!—dijo a media voz—, ¡si supieseis cuánto
os amo!
Al mismo tiempo sintió Juana que el brazo de Monthélin
rodeaba sucintura. Despertose como de un sueño, levantose y
rechazándoleviolentamente exclamó:
—¡Ah, mi pobre señor! Si supieseis qué mal momento habéis
elegido.
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