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Historia de una Parisiense

demás discreto. El señor de Lerneapenas le dirigía la palabra, y
se consagraba exclusivamente a su vecinade la derecha. No
teniendo otra cosa en qué ocuparse prestó el oído a
suconversación; entre otras cosas, oyó que la señora de
Hermany lereprochaba el poner sobrenombres a todo el mundo.
—Supongo—le dijo—que yo también tendré el mío.
—Sin duda alguna—contestó Jacobo.
—¿Y cuál?—preguntó la joven rubia alzando su frente
angelical.
—«¡Agua que duerme!»—dijo el joven, inclinándose un poco
hacia ella.
La señora de Hermany se ruborizó; después, mirándole de
frente con airede niña en su primera comunión:
—¿Y por qué «Agua que duerme»?
—Por nada... es un nombre indio.
—Y yo, señor, ¿tengo también un apodo?—preguntó Juana
sonriendo.
—¿Vos?—dijo. Fijó en ella la mirada, saludola ligeramente y
añadió entono serio:—¡No!
Viéndola un poco turbada, cambió inmediatamente de
conversación,hablando de las piezas nuevas, de los museos, de
los países extranjerosque había visitado, pareciendo hacerle
aquellas ligeras observaciones,únicamente para tener el gusto de
oír sus respuestas, y mirándola conaire grave y dulce, como para
animarla a contestarle con exactitud.
¡No había duda! Sí, decididamente algo había de
extraordinario. En elmodo de hablarla, escucharla y mirarla,
notábase una mezcla indefiniblede bondad y distinción que
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